¿Por gusto u obligación?

 

La puerta se cierra de un portazo.

 

Estamos solos, y lo único que ilumina la habitación es la poca luz del atardecer que entra por las rendijas del ventanal del fondo.

 

Me mira, ¡por fin!, llevaba como cinco días sin mirarme, pero yo aparto la mirada al cuadro del fondo, repitiéndome que lo ha hecho por obligación, no por gusto. Seguro que si le pregunto con quién le gustaría quedarse encerrado en una habitación de una casa rural antigua que está en medio del campo, no me elegiría a mí.

 

A grandes zancadas llega a mi altura, apoya las manos a ambos lados de mi cabeza y me besa, es un beso hambriento, se le escapa un gemido cuando mis manos se cuelan por debajo de su camiseta y empiezan a recorrer su espalda, parece que los dos llevábamos tiempo queriendo hacer eso, pero ninguno ha sido lo suficientemente valiente como para hacerlo.

 

Pero… ¿esto ha sido por gusto, por la simple necesidad de desconectar de la realidad, ya que odia quedarse encerrado, o, de nuevo, por obligación?

 

Mi cabeza se llena de miles preguntas, de nuevo, que mis labios no ejecutan ya que quedan ahogadas entre beso y beso.

 

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