El peluche de oso

Mi hermano mayor tenía un oso de peluche. Y por las noches, cuando una mirada muy pesada sobre mí me obligaba a abrir ojos, ese oso me estaba vigilando desde la esquina de mi cama. Tenía algo en sus negros botones que no eran tan inertes y -quizás por eso- su mirada me incomodaba. He batallado por recuperar mis sueños: a veces lo guardaba por debajo de la cama, lo encerraba en mi ropero y hasta lo dejaba en el cuarto de mis papás. Pero todos mis intentos fallaban; mis ojos volvían a encontrarse con los suyos cada madrugada.

Anoche, antes de dormir, me senté enfrente del oso y le pedí de corazón que me dejara dormir. Parpadeando sus negros botones, el oso no dijo nada, pero me hizo entender que jamás iba a lograr convencerlo. Opté por creer que esto sólo era una travesura de mi hermano.

Hoy, cuando abrí los ojos, ya era de mañana y el oso no estaba en la esquina de mi cama. Fui corriendo hacia mi mamá por el enorme peso de la culpa.

-Mamá, mamá, creo que perdí el peluche de oso de mi hermano.

Y ella me respondió temerosa -Mi niño, ¿cuál oso? ¿Cuál hermano?

 

 

 

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