Pecas

 

 

Merodeando, con el hocico pegado a troncos, tallos, pétalos, piedras…corretea, sin detenerse más allá de un instante, por aquí y por allá. Cada minuto, una pausa, para agitar el rabo o mantenerlo en alto como un sensor expectante al mínimo movimiento. Cada minuto, un trote, para averiguar qué hormiga, qué mariposa, qué criatura compartía su lugar de juegos y expediciones.

Una llamada lejana resonaba en el espacio. Ppeeccaaassss-hablaba el viento. Pecas elevaba sus orejas. Estas rezongonas, obviaban la voz, mientras sus patas, con agilidad, avanzaban por el terreno, con gozo sus almohadillas reposaban en roces sobre la hierba y se recostaban en la plenitud frondosa de primavera.

A mordiscos saboreaba la esperanza en el verdor de pamplina, guarneciendo a la fuentecilla natural, ese manantial cercano de agua cristalina y pura que saciaba su sed, refrescaba su cuerpo al chapotear en él y ofrecía melodía relajante contra la agitada mente de las criaturas que poblaban su vereda hacia el valle.

Sara Bermejo Jiménez

13 de marzo de 2019

 

 

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