La Doma de Escobas de                        Bruja

 

Llamé a Félix, de manera apenas perceptible, y el animalito de suaves crines se presentó en la vía de acceso a mi choza, sus ojos negros, relucientes, tenían una pizca de picardía, mientras me esperaba, con sus pezuñas apoyadas en el suelo, y yo me entretuve, en mis ojos avellana un atisbo de sorpresa, el ponicornio parecía haberse materializado de la nada, tocado con las estrellitas de mi varita mágica (sin duda) al tiempo que seguía mis pasos con los azabache resaltando en su pelaje, en tanto yo me afanaba en organizar los tarritos transparentes con los condimentos e ingredientes de mis pócimas y los libracos de encantamientos en sus correspondientes estantes, la marmita retirarla de los rescoldos, cuyas ascuas serpenteaban juguetonas de cuando en cuando, e irme a mi cuarto a vestirme y colocarme el tocado. Este sombrero necesita una cinta de terciopelo verdosa para reciclarlo un poquito- me dije frente al espejo- ¿Dónde he metido las botas troqueladas? Con estos nubarrones surcando el cielo me las pondré por si acaso cae alguna tormenta de verano- Añadí aso-mando la naricilla y el ojo por la ventana. Félix me contemplaba desde fuera ya con una mueca burlona, así que desaparecí dentro y sustituí el tocado por uno de paja de cinta amarilla.

 

Hecho esto, me dirigí a la puerta de entrada, la crucé con mi pequeño felino casi pegado a mis pies, tomé la llave, cerré y me monté sobre los lomos del cuadrúpedo mientras la insolente de Moppy se desmelenaba a golpes contra las paredes de su hangar. Avisada estaba por circular donde la entraba en gana sin respetar a los demás. Días antes habíamos viajado por el bosque y había irrumpido en las rutas señaladas para grullas, causando tal caos que casi tenemos un accidente. Le dije- Moppy, te vas a quedar meditando tu conducta una temporadita en el hangar y en unos días te llevaré a casa del maestro de rutas celestes. Félix me llevará de aquí para allá en caso necesario. Moppy protestó y refunfuñó cuando la dejé en el hangar y en este momento que ve a Félix no puede evitar rebelarse. Con calma me sitúo en la entrada del hangar y hablo con Moppy. Moppy-empiezo- te advertí así que ahí te quedas. Creo que no has reflexionado sobre tu conducta. Piensa cuánto tiempo quieres pasar sin acudir al maestro y poder volar. Dejé a Moppy rezongando, monté sobre Félix, este buscó al paso el lugar adecuado para trotar y abrir sus alas. El paseo aéreo de hoy me iba a servir para desconectar de las recetas en la ardiente mar-mita en estas horas veraniegas. Si además, me caían encima algunas gotas de tormenta, genial para lavar el ropaje y evitarme la lavandería.

 

Sara Bermejo Jiménez

24 de agosto de 2017

 

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