Homo homini lupus

 

Se enteró de que lo harían encargado
y empezaron las convulsiones;
bruscos espasmos al clamor de huesos luxados.

Sus peludas orejas se izaron en punta,
la espina dorsal se torció y las vertebras crecieron
emergiendo grotescas a través de su pellejo,
que acertadamente se cubrió de pelo.

Sus pequeños dientes amarillos cedieron paso
a una sonrisa de enormes colmillos
y encías ensangrentadas
que no dejaba de provocar inquietud.
Sus zarpas se tornaron clavos y cuchillas.
Mostráronse útiles en adelante.

Su hocico, de natural pronunciado,
emergió al menos un palmo
y raudo lo fue a alojar
entre las nalgas del jefe.

Desde aquella noche sin luna
trabajamos con terror
ya que su olfato es fino,
sus dos ojos amarillos prevén
tus intenciones
y corrosiva es la saliva
que su gruesa lengua
rezuma.

 

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