El chico de la moto verde

 

Era un domingo cualquiera y a él cansado de su larga semana laboral que empezaba los domingos a las 3 am (ya del lunes claro, pero del resto de humanos) solo le apetecía una cosa de su mundo, quería calzarse y enfundarse su ropa de cuero de motorista e ir a quemar rueda en su Ninja verde. Nada le hacía más feliz (solo su chica pero eso es otra historia) que coger aquella moto e ir por las curvilíneas carreteras de su hermosa “Terreta”. Incluso fue lo suficientemente bravo para correr en el circuito de Estoril a toda la velocidad que daba aquella preciosa moto verde.

 

No sé mucho de motos, de hecho no sé nada, pero sé que cuando oigo una de esas motos mi corazón palpita locamente por si quien se va a bajar de la misma es él. Confieso haber pedido comida para llevar por si el cielo se equivocaba y me traía como repartidor a mi hermano de mi alma. Porque no es justo, porque no es admisible, porque es tantas cosas que nada alivia este punzante dolor de corazón y solo ponerlo en palabras hace que mi dolor se apacigüe un poco y pienso: Él está orgulloso de que le plasme, de que cuente quien fue porque somos lo que cuentan de nosotros cuando nos hemos ido, eso nos eterniza. Somos la mella que dejamos en el alma de otros y él, queriendo o sin querer, ha dejado a múltiples personas con un enorme vacío que solo podemos rellenar de esos alegres, espléndidos, maravillosos momentos/recuerdos que en vida nos regaló y podemos decir orgullosos, “yo le conocí”. Y con más orgullo todavía: “sòc la germana de Mike, l’unic”.

 

Él era quien me hacía las preguntas y yo le daba las respuestas, de peques, luego se hizo preguntas más grandes y complejas, buscando respuestas perdió la vida y ahora soy yo, aquí sola quien se hace la más grande de todas la preguntas.

 

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