A veces el tiempo se para

 

En una aldea del Condado de los Auténticos, nadie sabía el nombre real del Condado, desde que la adinerada y cuantiosa Familia Gilmore se había instalado en los Castillos, Palacios y puesto guardias y milicia en los Jardines colindantes además de haber privatizado un bosque de innumerables hectáreas, nadie había salido por el otro extremo. Así que obviamente para la enorme familia terrateniente era “El bosque Infinito” y tenían muchísimas normas en cuanto a la entrada de los habitantes (sí, todos eran de una familia, pero se puede afirmar que estaba bien dividida por el desigual reparto de las posesiones que habían arrebatado a quienes legítimamente las poseían (o tal vez estos las acababan de robar, ya nada se sabía en esas aldeas dejadas de la mano de los Dioses).

Cierta tarde de un bochornoso agosto, Emily salió con su sombrilla y uno de esos encorsetados vestidos, con balconada que hacia apreciable eso turgentes pechos enormes de joven bella y todos añadían, que a su edad era todo una sabia. Su camino era la casa situada en la misma esquina de su propia calle, con lo cual, no necesito un coche de caballos o escolta… caminaba muy ensimismada y de golpe sin vérselo venir tropezó de bruces con un Guardia de la milicia Oficial, que sí trabajaban para los Gilmore pero habían desarrollado con el tiempo una fuerza interna que ya escapaba al control de sus propios contratantes.

La aturdida Emily tenía lo mismo de espabilada en ocasiones como de completa obnubilada otras, tenía aún ciertos problemas para socializar fuera de sus pequeñísimos círculos de confianza y todas las fiestas de sociedad las pasaba sentada con Josh en una esquina y aunque sus padres creían que eran pareja y qué bebían té frío, ni lo uno, ni lo otro: Emily era la mejor amiga de Josh y le guardaba las espaldas en sus gustos amorosos, que a ella como mujer leída no le parecían en absoluto reprochables y de paso él era su mejor amigo y protector, y bebían ya el té un poco adulterado porque les parecía un ambiente insostenible. Ellos tenían sueños, salir de allí y viajar era el más importante. Pero en esta ocasión iba a ver a Sofía, una compañera de estudios que debían acabar unas lecturas juntas. El fardo con los libros al chocar con el Guardia cayó y él gustosamente lo recogió. Al levantarse pasó una atenta mirada a lo más llamativo de su figura y tosió sintiéndose abochornado, para decirle: “Aquí tiene señorita”. El libro que había quedado encima era una copia que Emily y Sofía habían robado de la Biblioteca del Castillo Oficial de los patriarcas. Ya la pareja de abuelos que eran la raíz genealógica. Única y original, ilustrada copia de un Kama Sutra traído de viajes por las Indias… Los Gilmore conocían territorios, lugares, islas… qué nadie sabía, así como crecía la familia más se iban yendo los hijos varones a navegar los mares y seguir amasando fortunas. Además de localizar tierras que hacían suyas para luego cobrar diezmos y rentas.

En ese preciso instante Emily apresuradamente miró la portada del libro, se ruborizó como nunca y miró al Guardia, por primera vez a los ojos… fue como una especie de parón temporal,  unos instantes que parecían correr a cámara lenta, ambos al notar y sentir lo palpable simplemente esbozaron ambas sonrisas y ella finalmente soltó un: “Muy amable, Señor Guardia, Gracias”. Y cuando hizo ademán de seguir caminando, el Guardia miró a Emily y le dijo seriamente: “Señorita disculpe, ¿me permite tomar el libro de encima?”. Una sufrida Emily suspiró, porque ahora sí estaba avergonzada y balbuceo un tímido: “No es mío. Son lecturas de los Abuelos Gilmore que me han pedido que lleve.” Un ya muy serio Guardia dijo: “¿Sabe usted que esa es una de las novelas perseguidas y prohibidas en el Condado?”. “¡Vaya, eso sí que es toda una sorpresa. No, no lo sabía” dijo Emily. El Guardia la mira receloso: “Haremos algo… vi que usted salió de la casa roja. La recogeré mañana a la hora de la cena. Ahí hablamos de Literatura prohibida”. 

 

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