Un mal día

 

Llegué a la universidad temprano. Necesitaba hablar con el decano sobre aquellas prácticas que realizaba en un bufete de poca monta, en el cual, me sentía explotada por abogados de dudosa profesionalidad. Una vez atravesado el extenso vestíbulo de la facultad, sin querer, tropecé con bastante torpeza con un cachivache que se encontraba en medio del pasillo. ¡Joder! Mi caída ralentizada facilitó para más “inri” ver como un chaval pasmado, no me quitaba ojo. Avergonzada, continué mi camino hasta llegar a la taquilla. ¡Lástima! me dejé las llaves en casa. Miré en el bolso. Había la cartera, el móvil y medio bollo empalagoso.

 

― ¿Cómo podría abrir el candado de la taquilla? – pensé.

 

De repente el móvil sonó. Era la compañía de suministro de luz, que ampliaba el  plazo de pago para que yo pudiera abonar la última factura. Mientras escuchaba atentamente  a la operadora enfadada por las circunstancias.  Detrás de mí, alguien había lanzado un cordial “hola”.

 

― ¡Qué!― Exclamé  molesta, girándome por completo

 

Al hacerlo, estupefacta, me había topado con el decano de mirada seria y escrutadora.

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