El dueño del mundo

Phyllicia, fue a la habitación de sus sobrinos, a contarles un cuento y, como cada día, a darles las buenas noches.

Sin embargo, en aquella ocasión, el cuento  fue muy distinto…

¿Sabéis chicos?  Os voy a contar un cuento que nadie os ha contado.

Los muchachos expectantes, con los ojos muy abiertos, por lo inusual de la situación, se quedaron en silencio.

Veréis, érase una vez una población que sólo obedecía al ratón Mickey.

¡Tía! ¿A Mickey Mouse? preguntó el más mayor, atónito e indignado.

Sí, él era el dueño, el amo de todo el reino…  el resto debía acatar sus órdenes, sin salirse del camino establecido. Es el cuento de Caperucita Roja, pero una versión más… moderna.

Aquella mujer sonrió, de sus labios asomó una sonrisa tétrica e irónica.

Los muchachos en estado de shock, digirieron la noticia; El ratón Mickey era uno de los ídolos más importantes en aquéllos instantes de sus vidas.

Entonces… ¡tía! ¿Quién es el lobo? preguntó el pequeño tras una profunda reflexión.

Mickey Mouse.

¿Y el cazador?

Mickey Mouse.

¿Y la abuelita?

Mickey Mouse.

El hermano mayor, después del voraz escrutinio y rompiendo un silencio tétrico y atronador, con aprehensión, preguntó con voz débil, agachando la cabeza.

¿Y… quién es Caperucita?

¡Nosotros! respondió Phyllicia. Añadió-Fin del cuento, buenas noches queridos.

Los muchachos se escondieron debajo de la sábana, ya que, su tía, aún no había apagado la luz. Despreocupada,  dejó  a los muchachos en estado de asombro. Con la luz encendida, como todos los días, pero aquella noche fue diferente, ellos observaron la imagen del ratón Mickey colgada en la pared, el rostro de aquél simpático ratoncillo cambió por otro, más hostil y oscuro, habían percibido cómo éste les observaba con desprecio y con sonrisa malvada, taladraba con total impunidad la psique de aquellos hermanos. Quizá sugestionados por aquel  cuento.

 

Copyright Patricia Bermejo Gallego, agosto 2016

 

 

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