¡Corre!

 

-¡Mami! ¡Mami!

Estaba llorando; mamá se había quedado muda, con la mirada perdida, tendida en el suelo, sin moverse.

Seguía teniendo sed, pero el miedo y la soledad eran aún peores; tenía que escapar de Él. Después  de ella, me tocaba a mí.

-¡Ven aquí!- Gritaba papá.

Como otras  veces, parecía estar loco. Había momentos de arrepentimiento extremo. Pero siempre volvía a suceder lo mismo. Se amparaba  en el estrés que soportaba en el trabajo, que era el único que trabajaba… que tenía todo el derecho a humillarnos.

-¡Maldito niño!

Una vocecita interior se hacía eco en mi mente. Era la voz de mi mamá, etérea, me guiaba. Parecía protegerme de todo mal.

-¡Corre, corre, corre! ¡Mi preciado tesoro!

Salí de casa, salvaguardándome de él,  afuera, en el  portal.

En ocasiones los sitios públicos o con gente parecían protegerme.

Aquella vez no había nadie en aquél lóbrego descansillo. Chillaba pidiendo auxilio, mientras bajaba las escaleras como si fuera lo último que haría en la vida.

El silencio se apoderaba del lugar. Las puertas permanecieron selladas. Ningún vecino salió a ayudarme.

A los pocos minutos, papá, con furia desatada, sin controlar el golpe, me alcanzó y me empujó.

Caí  rodando escaleras abajo.

Al igual que mamá, me había quedado mudo,  con la mirada perdida, tendido en el suelo, sin moverme…

Papá se acercó, parecía arrepentido, me observaba preocupado por el efecto de aquél golpe.

Sentí miedo.

De repente Mamá apareció. Sigilosa, se acercaba, tenía el rostro pálido, observé que  portaba a duras penas y sin fuerzas un  mazo.

Antes de que papá me tocara, desde detrás mamá le golpeó.

Mi padre tras un impacto seco en la sien, cayó al suelo, quedando inmóvil.

Tenía los ojos cerrados.

A continuación mamá me llevó en brazos. Escapamos en el coche de papá.  

Nunca más volví  a ver a mi madre, muda, con la mirada perdida, tendida en el suelo, sin moverse.

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