Anacronismo

 

He cometido un asesinato. Lo confieso sólo ahora que he llegado a comprender la gravedad del daño aquel.

 

Todo empezó en aquellos días en que yo recientemente salía de la Universidad, ataviado con mi título por emblema. La había conocido a ella mucho antes de pisar por primera vez los terrenos académicos, y más bien podría decirse que ella acudió a mí. Y sin embargo, fue en aquellos años entre apuntes y pupitres cuando llegué realmente a conocerla, a enamorarme de ella. Por ella aprendí, por ella anduve la Academia y al salir, por ella fue que me dispuse a entregar mi vida a la verdad. Fui en cada paso siempre buscando rendirle culto, mis obras fueron para ella y siempre mis logros buscaron la aprobación en su mirada.

 

Pero el mundo está lleno de sombras, sólo ahora me doy cuenta, ahora que estoy aprisionado. Esas sombras me llevaron por la calidez del reconocimiento y la deslumbrante luz del éxito. Me instaron a torcer mi senda, me llevaron, ciego. Engrandecieron mi nombre en la boca de gobernadores y grabaron todas mis palabras en montañas de papel. Invadí todas las frecuencias y entre catódicas embestidas, Revolucionario llegué a ser nombrado.

 

Para cuando volví la mirada, ella tenía un reproche para cada logro. Ella me reclamaba a cada paso. Me detestaba al verme entre las sombras, pero yo ya estaba muy alto para oír aquellos reclamos, muy lejos, sólo ahora me doy cuenta. Tambaleó la nobleza de mi cruzada con la fuerza de la duda y finalmente me declaró su traidor. Yo no pude soportarlo, su mirada era ahora un puñal en mi pecho, y enfurecido por la injusta acusación, tuve que destruirla. Y nadie me acusó, pues las sombras cubrieron con su manto aquel sangriento crimen, pero yo todavía lo sé: yo maté a la historia.

 

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