Poema de Otoño                    (a mis monstruos)

 

 

A veces la rabia nos convierte

en seres excesivamente vulnerables,

ciega la posibilidad de pensar,

de avanzar, de ver más allá de nuestros ojos.

A veces los vacíos

pasan de ser meros pinchazos en la piel

a convertirse en surcos.

Se vuelven cicatrices profundas

incapaces de sanar sin la ayuda de respuestas.

Y supuran, y se abren

cuando ya las sentíamos curadas

y menos a la vista del resto del mundo.

A veces las ausencias se convierten en losas,

en muros a los que es imposible subir,

en tormentas que no acaban nunca.

En olas gigantes

que no te dejan sacar la cabeza fuera del agua

ni buscar nada a lo que de verdad agarrarte

después de que una discusión te haya tirado del barco.

Y así, aunque no quieras,

te conviertes en náufrago de tu propia vida,

en guía que ha perdido su norte y su brújula,

en el niño asustado que ante el miedo

se esconde en un cuarto de baño a oscuras

o reza para que las palabras que hieren

no le hagan mearse sobre sus zapatos.

 

 

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