Amanecer

 

 

Lo primero que hizo al despertar fue asegurarse que ella todavía estaba allí. Abrió con cuidado la otra parte de la cama y mirándola mientras dormía tranquila pensó: 

-¡No es un sueño! ¡sigue a mi lado!  
Hizo memoria entonces de las veces que su mente la había atrapado de madrugada durante los últimos meses, en las ganas que tenía entonces de abrazarla y de decirle que tenía que vivirla, que necesitaba saber que alguien como ella existía en el planeta Tierra… sin más pretensiones que esa. 
En paz con su alma se recreó en la sonrisa de su preciosa Bella Durmiente. Quiso memorizar todas las arrugas de su cara, el número más concreto posible de pestañas, los pelos que peinaban sus cejas… El color exacto de sus labios para no compararlo jamás con la tonalidad de otras bocas de fresa, el contorno del cuerpo femenino de su compañera que se adivinaba debajo de las sábanas tan distinto al ideal que durante más de treinta años había imaginado en su cabeza... incluso más maravillosa e imperfecta. 
Así pasó un tiempo indefinido, admirándola… sintiéndose dichoso como el que más por haber robado en la madrugada un cachito de su placer y de su alma. 
Entonces ella abrió los ojos y como un gesto instintivo buscó la cara de nuestro muchacho, la cogió entre sus delicadas manos y le dijo rozando su nariz con la del contrario: 
-¡Qué suerte tengo de amanecer contigo! 

Luego volvieron a dormir juntos y sin saberlo soñaron lo mismo y jugaron a amarse con locura una vez y otra vez... hasta que el poder de la sangre y el ruido de voces huecas se empeñaron en romper ese hilo. Pero jamás se olvidaron.

 

 

Por María Jesús Juan (Marzo, 2012)

 

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