A Teresa

 

Para todas las sillas vacías (físicas o emocionales)

que hay en nuestras mesas.

Vuestras ausencias duelen todo el año

pero en estos días más.

 

“Por primera vez aquel año, la Navidad no había acudido a su cita”

 

La caja con el árbol de plástico y los adornos permanecieron en el fondo del trastero inmóviles e inútiles imaginando que no serían puestos en el vestíbulo de la casa.

 

La caja con las Tortas de Pascua que la familia dejaba encargada y pagada en el obrador de la Plaza del Ayuntamiento quedó allí esperando a ser recogida.

 

También los décimos de lotería siguieron expuestos sin vender sobre el mostrador del bar que los González regentaban: sin dueño, sin niños de San Ildefonso ni risas…

 

A Manuel  González por primera vez en su vida los villancicos le parecieron puro ruido.

 

Ni siquiera fue consciente de la Nochebuena hasta que la enfermera llegó con la bandeja de la cena y observó que en ella habían puesto un trocito de cordero asado y unos turrones. Entonces miró la cabecita vendada de su hijo, pensó en el trágico destino de Teresa y comprendió que por mucho que Arturito saliera de ésta jamás en su corazón volvería a tener sentido la palabra “Navidad”.

 

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