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La voraz amapola que adorna cada esquina

del cementerio de mi alma perdida

se lo come todo.

Persigue a mi conciencia, a todo lo que soy,

a todo lo que siento al fin y al cabo.

Esa humilde flor que crece a pesar de todo

se autoproclama bandera de esta tierra de nadie

que en mi habita.

Y hasta el muerto que ves allá arriba

en esa colina de plata mentirosa y sucia

y que te grita

¡Cámbiame el traje!

                    Se da cuenta de esta cuerda que lo rodea todo.

Sin embargo, como plástico inerte

no atiendo su dulce súplica.

No soy capaz de curar esa herida reciente

del que ha desgastado el traje del alma.

 

 

María Hortoneda Márquez

16/08/17

 

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