La tristeza del olvido

 

Hoy he vuelto a quedar con él. Pese al tiempo que llevamos juntos, hoy estoy especialmente nerviosa y no sé por qué, lo noto en mis manos temblorosas que son incapaces de seguir la línea que perfila mis ojos. Hoy me voy a poner el vestido que tanto le gusta, humedezco mi cuello con dos gotas del perfume que me regaló en nuestras últimas Navidades. Recuerdo aquel día como si fuera ayer, la forma no fue muy original, Fermín nunca lo había sido. Fue una tarde que yo regresaba de trabajar, él sentado en el sofá de siempre, viendo el programa de siempre y sin mirarme me dijo, - “Los reyes te han dejado un paquete, lo vi en tu mesita de noche" ¡Hay que ver cómo somos las personas!, lo que en aquel momento me pareció la antítesis del romanticismo hoy se ha convertido en un recuerdo imperturbable al paso del tiempo. Después de ocho interminables paradas de metro llego a ese maldito edificio de color gris plomizo. Tras el mostrador una chica me da los buenos días como si fuera autómata. Cojo el ascensor y mis pasos me llevan a la habitación 103, como tengo de costumbre llamo antes de entrar, abro lentamente la puerta con miedo de no encontrar lo que llevo toda la noche esperando. Lo primero que ven mis ojos son unas fotos colgadas en la pared en la que destaca una por encima de todas, la de nuestra pequeña Alicia en brazos de Fermín, se les ve tan felices... Me acerco a la cama y cojo sus grandes y frías manos, las acerco hacia mi pecho, su mirada está perdida, hace tiempo que no reconoce nada ni a nadie. Un día se levantó y su mente dijo que ya no quería recordar más. Cojo un álbum, el álbum de su vida plasmada en fotos, paso las hojas lentamente con la intención de poder detener el tiempo. Así son mis días, así son mis citas, así es el amor de mi vida, un amor engullido por la tristeza del olvido.

 

 

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