Perdices comieron y felices                    fueron

 

Érase una vez un enorme lobo feroz el cual, sin embargo, era distinguido por su cobardía, que paseaba por el bosque con una pequeña cestita de mimbre. Ésta contenía unos ricos pasteles, un par de coca colas y una revista del corazón. Temblaba sólo de pensar en la posibilidad de que el cazador pudiera verle y le descerrajase un tiro que le agujerease las entrañas. Por otra parte, tenía que llegar lo más pronto posible a casa de Caperucita y evitar la regañina que, sin lugar a dudas, le echaría de demorarse en demasía ya que ésta tenía un genio temible. Entonces, se encontró con un apuesto Príncipe azul cuyas prendas estaban sucias y ajadas que le dijo:

 

—¿A dónde vas lobo feroz con esa cestita en la mano?

 

—Voy a casa de Caperucita a llevarle estas viandas a la abuelita, que hoy nos visita, y tú, ¿qué haces por estos lares?

 

—Sólo estoy paseando —dijo triste y compungido—, pues mi esposa, Cenicienta, me ha echado del palacio.

 

—¿Y eso por qué motivo? —preguntó con interés. 

 

—Por cumplir bien mi cometido y es que mi trabajo es besar a todas las muchachas guapas del lugar. Duro porvenir es el mío —aclaró al tiempo que encogía los hombros y suspiraba resignado—. Entonces ocurrió que ayer me ordenaron desencantar a la Bella Durmiente  y cuando la estaba besando me sorprendió Cenicienta y, a pesar de que insistí que era mi obligación, no atendió a razones y por eso estoy aquí.

 

—Pues mi destino no es mejor —aseguró el lobo feroz— pues siempre me toca ser el malo y acabar peor.

 

—Tengo una idea —dijo el hermoso príncipe—. Podríamos ir a casa de Blancanieves con la que tengo una buena amistad, pues también en su día la tuve que besar —afirmó con fingido pesar no exento de vanidad—. Es una joven lozana y hermosa, lo que se dice un bombón, que vive no lejos de aquí en compañía de siete enanitos. Hoy es su cumpleaños y seguro dará una fiesta. Nos lo pasaríamos genial —aseguró—. ¿Qué te parece?

 

—Está bien, pero sólo un momento porque tengo que regresar a mi casa antes de anochecer  —respondió el lobo tras consultar su reloj.  

 

Cuando ya avistaban la morada de Blancanieves se encontraron a un enjuto flautista ataviado con una larga capa roja, sombrero del mismo color y un jubón. Tenía el pelo oscuro y una prominente nariz aguileña.

 

—¿Quién eres joven músico? —preguntó el príncipe.

 

—Soy un flautista y vengo de la ciudad de Hamelín —indicó—, ¿y vosotros?

 

—Él es un lobo feroz y yo un gallardo y hermoso príncipe y vamos a aquélla casa de allí.

 

—Ese también es mi destino.

 

Entonces, marcharon los tres y una vez allí les abrió la puerta el enanito Mocoso y tras entrar vieron, no sin sorpresa, a Blancanieves jugando al póker con Caperucita Roja, la abuelita y Cenicienta. Fue esta última la que les reveló que, preocupadas las tres, enviaron un whatsapp a Maléfica para saber dónde estaban y que, tras mirar su bola de cristal, les contestó que irían allí.

 

Finalmente celebraron un gran banquete y todos juntos gozaron. Y colorado colorín de este cuento llegó el fin.

 

©Luis Fernando Ramos Martín

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