Relatos de la cueva oscura III: Una nueva vida entre los sueños

 

Llegó el día de partir a nuestra nueva vida en un sitio distinto. Desde ahora tendríamos que acostumbrarnos a una nueva casa, una nueva habitación, a conocer personas distintas de las que no sabíamos nada…Siempre me gustó lo nuevo, pero, en esta ocasión, sentía una especie de miedo y nerviosismo que no podía controlar. Al final de la mañana, después de mucho trabajar en la mudanza, ya ni me acordaba y lo único que me inundaba es la ilusión de los cambios y su promesa de un futuro mejor que hiciera feliz a mis desgraciados padres y que me permitiera a mi disfrutar de algo de tranquilidad.

 

Yo, en realidad, siempre fui feliz en este sitio del que partíamos, con el tiempo me daría cuenta de que una pertenece a aquel sitio en el que transitó con los ojos de una niña, y yo me dejé muchas cosas vividas con esos ojos de niña que ya no volverían a mirar de la misma manera.

Llegamos a nuestro nuevo barrio. Era un lugar lleno de casa bonitas situadas en una gran colina desde la que podía contemplarse el valle por el que discurría el río. La vista era ya impresionante sin llegar a lo más alto y, de momento, yo quedé maravillada por el lugar, por los árboles, las flores, el aire puro que se metía en lo más profundo de los recuerdos. Era feliz.

 

Mis padres sonreían como nunca los había visto en mucho tiempo. Ello me auguraba cambios que nos alejarían de la tristeza pasada. Lo que no sabía entonces, quizás por la juventud, es que las tristezas siempre te acompañan y que la huida es un recurso temporal que no sirve para matarlas. También aprendí que la belleza a veces engaña.

Nuestra nueva casa era una edificación antigua pero majestuosa que se levantaba sobre rocas. Desde las ventanas y el balcón trasero podía verse el valle y, a lo lejos, el río. Me quedé extasiada, no podía creer que algo así existiera ya que yo me había criado en un barrio industrial en el que llamábamos campo a los descampados que circundaban las fábricas.

 

La casa era grande, tenía dos pisos y un desván, bastantes habitaciones y mucha luz. Era maravilloso pensar que era mi nueva casa, que iba a dibujar y pintar aquel valle lleno de belleza, que sería feliz respirando aquel aire que me resultaba tan distinto y embriagador. Me sumergí en aquella ola de felicidad y pensé que, si lo hacía con mucha intensidad, nunca se iría de nuestras vidas aquel momento irrepetible. Cuando pienso en aquel día, no puedo dejar de sonreír ante el recuerdo efímero pero intenso de la felicidad hecha de momentos como aquel.

Pude elegir habitación y me decidí por una con vistas al valle en el segundo piso, cerca de la subida al desván. Me pareció que podría alternar mi vida entre mi habitación y el desván para poder dibujar toda aquella belleza y tantas otras cosas.

 

Ni me di cuenta de que ya había pintado mi propia casa antes incluso de llegar a verla. Entonces ni siquiera era consciente de que fuera algo irreal, que los sueños en los que me veía inmersa pudieran ser algo distinto que para los demás, algo extraño y maravilloso que me sumergía en mundos que no existían. Quizás era mejor la ignorancia.

De momento, abracé la felicidad que se me ofrecía, la conservé y la atesoré durante mucho tiempo y, mientras, me dediqué a soñar con aquellos mundos extraordinarios mientras mi vida real fluía serena y tranquila tal como el río que nos acompañaba en la lejanía.

 

 

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