Relatos de la cueva oscura II. La casa de la colina

 

2. Dibuja, dibuja, dibuja.

Mi padre llegó un día muy contento a casa. Eso mismo ya me extrañó, tal era la naturaleza apesadumbrada y sombría que había asimilado como normal en él que ya no reconocía la alegría en su rostro.

Pero aquel día nos contagió el optimismo y hasta lo celebramos comiendo todos juntos y reímos como hacía tiempo que no reíamos. Cuando mi madre le preguntó cuál era el motivo de su alegría, él nos dijo que podríamos cambiar de casa dentro de muy poco y eso era algo que le liberaría de tantos problemas.

Mi madre hizo ademán de comprender la lógica de lo que afirmaba, pero yo no, todavía me quedarían muchas cosas por vivir antes de comprender cuales eran los motivos ocultos y misteriosos que rodeaban todas las decisiones de mi familia. Pero, incluso sin comprender nada, me contagié de esa alegría temporal que nos invadió, la asumí y la integré en mi día como si no hubiera habido tristeza y desesperanza en días anteriores. En ese momento, me di cuenta de que no hay nada más importante para el ser humano que sobrevivir y ello es imposible mientras uno inunda sus días de tristezas.

Aquel día nos sumergimos de cabeza en la alegría, y reímos con la más absoluta ilusión. Cuando llegó la noche, me acosté con una gran sonrisa en mi cara, y hasta creo que soñé con algo bonito que ni recuerdo.

Al día siguiente continué con mi rutina diaria, yendo al colegio, haciendo los deberes, y, sobre todo, dibujando durante horas un montón de flores de muchos colores, sobre todo iris y otras de color morado. Cuando me quise dar cuenta llegó la noche y tenía la mesa llena de dibujos, unos hechos con pastel, otros con acuarela y, hasta con acrílico.

Mi padre llegó en ese momento y, mirando mis dibujos con cierta extrañeza, me preguntó: “Clara, ¿dónde has visto estos paisajes? Le dije que jamás los había visto y él me pidió que no mintiera.

Esto me desconcertó. Le pregunté muy contrariada por qué decía eso.

“Clara, esta es la entrada de nuestra nueva casa. ¿Has ido allí, ¿verdad?

No supe ni qué responderle, me quedé sin habla. Al rato, pude ya decirle que no había ido ni sabía dónde estaba la nueva casa. Él me miró extrañado, pero ya no dijo nada más. Allí quedó la cosa, pero yo no pude dormir bien, tuve pesadillas y me desperté muchas veces escuchando voces. Sentí miedo, pero esto no había hecho más que empezar.

 

 

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