Relato de Navidad

"Por primera vez, aquel año la Navidad no había acudido a su cita".

Y, quizás, el culpable haya sido yo.

Desde que llegué a este planeta, como a tantos otros a los que me manda usted tan alegremente, jamás había pensado que aquí encontraría tal exaltación de sentimentalismo, la gran mayoría de él fingido y sobreactuado, sobre todo en esta época de eso que llaman año, o sea, la Navidad, ya debería haberme usted avisado, Sr. Pratchett.

Y, para ser un Ente que proviene de otros lugares mucho más prácticos, mi vida se convirtió en una tortura, por motivos tan variados que no tendré espacio suficiente para relatarlos tal como merecerían, pero como hay que empezar por algo, tal cómo me lo exige usted, mi informe es el siguiente:

“En primer lugar, adoptar una naturaleza corpórea supuso un dilema de gran trascendencia para mi etérea y plácida existencia que, hasta entonces, se dedicaba a volar libre por donde le daba la gana. Al final opté por un cuerpo corriente, me materialicé en un humano del sexo femenino de una edad indeterminada (quizás entre 60 y 70 años). Aquí las llaman abuelas, que es algo así como una hembra que se ha reproducido ya lo suficiente y ahora se dedica a engordar a la prole y a regocijarse del trabajo realizado mientras hace trabajos manuales de dudoso gusto.

Esta clase de corporeidad me produjo muchos problemas, ya que me pasaba todo el día tomando medicación variada y yendo a un sitio donde arreglan los desperfectos corporales, curioso sitio, por cierto, donde aprendí mucho, sobre todo en lo relativo a la rumorología local (básicamente se podría decir que me aficioné a algo que llaman cotilleo, otros lo llamamos investigación científica, es lo que tiene el lenguaje que utilizan aquí).

Allí sufrí alguna ingrata experiencia con los sanadores locales, de hecho, cuando me pincharon dos veces en las partes traseras (muy poco aerodinámicas, por cierto) me decidí por un cambio de cuerpo de manera instantánea. Casi me desintegro de la impresión, por suerte, mi entrenamiento anterior fue muy profesional y ya tenía en cuenta la idiosincrasia de estos especímenes, en resumidas cuentas, su naturaleza brutísima.

Después de una laboriosa búsqueda, encontré la solución. Tenía que materializarme en un cuerpo que pudiera pasar desapercibido, a ser posible poco agraciado (lo que aquí llaman más feo que el Fary chupando un limón, ya le mandaré una instantánea del espécimen), y, de esa cultura popular, es de donde vino mi inspiración. Ya que estaba en España, me materializaría en un insigne torero llamado Manolete.

Tampoco tuve suerte con el cuerpo de Manolete, no solo ya por tener esa nariz tan descompensada y parecida a un apagavelas de iglesia (tantas cosas tendría que decir de esto…), sino por el pequeñísimo detalle de tener que torear dentro de una plaza redonda llena de vociferantes individuos sedientos de sangre, la mía o la del pobre animalito. Por no hablar de ese bovino con dos cuernos y nula predisposición a atender a razones y al diálogo. Tuve que abandonar la corporeidad taurina.

Con la tontería de tanto cambio de cuerpo, llegué al final de eso que llaman año sin entidad ninguna, lo mismo que algunos seres que he visto en una cosa llamada Televisión (esto es mucho más largo de contar). Me pareció razonable adoptar la forma de alguien querido y deseado en estas fechas, y, teniendo en cuenta que los Reyes Magos son tres, la única entidad individual que me quedaba era un señor barrigón vestido de rojo y blanco llamado Santa Claus. Además, vi que disfrazarse como él era algo muy apreciado, los humanos chiquititos se pegaban hostias como panes por sentarse en sus rodillas para pedirle juguetes y dejarle pegados los mocos.

Me convertí en Santa Claus, también conocido como San Nicolás. No tengo palabras para lo que pasó después. Para resumir un poco, (y teniendo en cuenta que me limita usted el espacio por ser un poco agarrado) me vi perseguido por unos hombretones con pocas ganas de bromas (policías les llaman aquí, esos que mantienen el orden y la paz y esas cosas tan bonitas de mantener). Las circunstancias de este acontecido serían dignas de relatarse en un libro que algún día escribiré (no va a ser todo escribirle informes gratis a usted, que, en teoría, ya ha muerto, Sr. Pratchett.).

Como sería la situación que no me quedó otra opción que utilizar el desintegrador de partículas, con la mala suerte de que hice desaparecer a todos los policías, los centros comerciales, los niños, niñas, y hasta la madre que los parió. Y, por cierto, también los 10 últimos días del año.

Como habrá podido comprobar, Sr. Pratchett, soy el culpable de este desaguisado, y me siento tan culpable que he decidido pedir asilo en ese mundo que usted creó, el Mundodisco, ya que me parece mucho más tranquilo que este llamado Tierra. 

Queda dicho. Ah, y ¡Feliz Navidad!”

 

Autora: Lola Cámara Fresneda

 

 

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