Capítulo X: Skywalker, Mei Ling y un agujero misterioso.

 

Parece ser que había llegado ya a Toledo, en cuanto abrí uno de mis ojos (el otro se quedó encajado varias horas más), lo primero que vi es un gran edificio en lo más alto de la ciudad, ahí debía vivir algún personaje de alto standing, pero luego me enteré de que han puesto una biblioteca llena de libros y un museo del Ejército, que todavía no sé lo que es, hasta ahí llega mi ignorancia. Eso sí, libros he visto alguna vez, he oído que hay gente que los devora, hasta ese nivel de brutalidad llegan estos terrícolas a la hora de llenar el estómago. Yo intenté probarlos, me comí el Quijote (un libro extrañísimo pero muy saciante) y de vez en cuando me sorprendo a mí mismo hablando en castellano antiguo.

Estaba yo ensimismado pensando en mis cosillas de alto nivel intelectual, cuando vi llegar a un ser extraño vestido de forma folklórica, sudando como un pollo, con dos rayas por ojos y un floripondio pocho encima de la cabeza. Conforme iba llegando hasta mí, me fui dando cuenta de que era una mujer, ¡quién lo hubiera dicho¡, aunque jamás había visto semejante espécimen terrícola, con esos ojos, esa piel amarilla…por lo visto, hay un país repleto de estos “entes extraños” donde un señor llamado Cristo perdió el gorro (que ya tiene narices que se fuera tan lejos para perderlo, la gente no tiene cuidado).

El país se llama China y sus cientos de miles de habitantes son los chinos, hay que ser muy simple para poner esos nombres, yo por lo menos soy más original, pero, en fin, al grano, que me disperso demasiado.

La del floripondio pocho llegó hasta mi sudando como un pollo, tal como yo cuando llevaba en Albacete la manta mulera en julio, y gritando: “Skywalker, espérame, soy Mei Ling, ¡¡quieto¡¡ ¡¡Por la gloria de tu madre¡¡

Con esas indicaciones, no me quedó otra opción que parar y hasta dejar de respirar, me impuso una gran responsabilidad la gloria de la madre de esta señorita con floripondio pocho.

-Debes acompañarme, me envía el comandante Charles, dijo Mei Ling haciendo amago de guiñarle un ojo o, por lo menos lo intentó.

-Me parece bien, además, podrás ayudarme a encontrar a mi enamorada albaceteña, ¿verdad?, dijo Skywalker con la mayor cara de atontado que había visto jamás Mei Ling.

-Sí, claro, no tengo otra cosa que hacer, queridísimo Skywalker, le respondió Mei Ling con la sonrisa más falsa que se vio nunca, ni siquiera entre los políticos.

Y allá se fueron tan felices Skywalker y Mei Ling, uno vestido como Jaime de Marichalar y la otra como una folklórica después de tres horas taconeando en un tablao. La gente los miraba como si hubieran visto el unicornio azul de Silvio Rodríguez, pero claro, en Toledo se ven especímenes extraños todos los días del año…sin dejar uno, vamos, que la gente estaba curada de espantos.

La vida en la ciudad imperial siguió su curso mientras recibía un nuevo visitante que iba echando el bofe en su trayecto hacia Zocodover, otro más de los millones de personas que van y vienen, entran y salen de esta milenaria ciudad, por no hablar del Agujero, pero eso lo contaré otro día.

 

 

 

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