Capítulo VII             De como Skywalker llegó a          una ciudad imperial                   llamada Toledo

 

“Después de aquella persecución en la que puse los 21 sentidos que me dio Grijander (El Hacedor) para poder dejar atrás a los vigilantes que me perseguían, llegué a la estación de autobuses con el tiempo suficiente para ponerme a pedir en la puerta el dinero suficiente para mi viaje a Toledo (hay que recordar que me había gastado todo en bebidas espirituosas, y mis poderes para generar cash estaban muy mermados por el perjuicio etílico que había ido acumulando en los días de feria, algo que entenderán aquellos que saben lo que es la Feria de Albacete…si es que se acuerdan).

Una vez que conseguí el dinero, ya sólo me faltaba adecentarme y cambiar de vestimenta porque me habían dicho que en Toledo la gente era la jet set de Castilla La Mancha, así que se me ocurrió que lo mejor era vestirme como alguien de la nobleza llamado Jaime de Marichalar, que creo que es, o era, yerno del Rey de España. Un nivelón, of course. Sí, ya sé que no tenía un euro, pero, para variar, dejaré en el misterio la manera en la que conseguí la ropa y los accesorios de tal nivel, sólo diré que no robé ni hurté nada.

Cuando estuve vestido con aquel atuendo tan peculiar compuesto de pantalones de flores, camisa rosa y zapatos náuticos, sólo me faltaba repeinarme con gomina y anudarme la pashmina de cashmere al cuello, junto con el bastón y una pipa, que siempre aporta distinción, fumes o no. Iba hecho un pincel, nada que ver con la manta mulera que había llevado hasta hacía muy poco tiempo. Me sentía importante y adopté una pose señorial al caminar, algo que no hizo que la gente me respetara más, al contrario, noté ciertas risas por lo bajini que me confundieron un poco, pero se me pasó pronto porque ya estoy hecho al humor de estos especímenes manchegos. No descarto tampoco la envidia cochina, pero esas sutilezas tendré que trabajarlas mucho más.

El viaje hacia Toledo resultó muy plácido y relajante, dediqué ese tiempo a dormir y reponerme, con ronquidos incluidos que yo no escuché, pero cuando desperté me miraban con ojos de odio revenido, lo que indica que seguramente ocurrió tal eventualidad desagradable para ellos y tan placentera para mí. Peor fue cuando saqué del bolso el avituallamiento propicio para la restauración completa de mi organismo, entonces empezaron a quejarse amargamente no sé muy bien por qué. ¡Qué tiquismiquis son algunos!

Para trabar un poco de amistad y evitar aquellas miradas furibundas, me dediqué a repartir entre mis vecinos del bus, el chorizo, el queso en aceite y el lomo de orza que había llevado para restaurarme completamente (no sé cómo lo metí en el bolso). Parece que tampoco gustó la idea y el conductor me amenazó con dejarme en La Roda si no dejaba de molestar. No me quedó otra opción que callar y programarme en modo de funciones vitales mínimas, pensé que así molestaría menos.

Cuando terminó mi programación de funciones vitales mínimas, me desperté completamente repuesto y lleno de vitalidad, y, coincidiendo con tal circunstancia, vislumbré a lo lejos una ciudad que me dejó con la boca abierta.

A lo lejos se veía un edificio grandioso que dominaba toda la ciudad. Era El Alcázar de Toledo, y, mientras el autobús cruzaba el Río Tajo, fue perdiéndose en la lejanía, pero su recuerdo siempre quedaría grabado en mi dispositivo memorístico básico. Nunca una ciudad me causaría tan estupor, tal cúmulo de emociones extrañas que nunca había experimentado.

Era como si estuviera viendo a través de mis unidades de recuerdo de la historia, los miles de habitantes que habían pisado una y otra vez esas benditas piedras. Me invadieron millones y millones de datos fríos y sensaciones cálidas sobre lo que era, sin duda, una ciudad que había acumulado tanta historia que no había unidades de memoria que pudieran guardarla.

Y ya no pude expresar más palabras, Toledo me había enamorado”.

 

 

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