Capítulo VI                el tarot de mari carmen y              el nuevo destino

 

Llegó el momento tanto tiempo ansiado. Me disponía a dar luz a algo que me tenía sin aliento desde hace varios meses, por fin conocería el paradero de aquella linda damisela vestida de azul, con su camisita y su canesú.

 

Hice acto de presencia en el recinto ferial entre risas y alborotos ajenos, dado mi patético aspecto, algo que ya ni me preocupó porque estaba con los 21 sentidos que Grijander (nuestro Hacedor) me dio, puestos en la búsqueda de la ínclita Mari Carmen, esa bendita mujer que me haría tan feliz. Si hubiera puesto mis 21 sentidos en buscar por mí mismo, otro gallo me hubiera cantado, pero necesitaba ser un Humano más en esta marabunta tan variopinta de manchegos albaceteños en pos de una investigación más fidedigna y propia del uso del método científico que tanto había desarrollado. Una pamplina, por cierto, pero de los errores se aprende, dicen los demás, porque yo ya no sé ni lo que digo. Tantas bebidas espirituosas no pueden ser buenas para el método científico y la investigación.

 

Allí estaba el cartel que anunciaba “El Tarot de Mari Carmen”, y tras él había una larga cola de personas ansiosas por preguntar. Me dio tiempo a dormir un rato, con ronquidos huracanados incluidos, y el consiguiente espanto de todos aquéllos que veían como dormía y roncaba de pie (yo no lo veo tan extraño, pero aquí se maravillan de todo). Cuando llegó mi turno, entré en aquel espacio reservado, lleno de humo de incienso y ambientado con música new age, y vi a Mari Carmen a pesar del humo, lo que no podía era respirar, pero no iba a ponerme ahora a lanzar quejas absurdas, bien podía dejar de respirar unas horas, soy un profesional.

 

Mari Carmen me dijo: “Siéntate, tunante, ya quería yo tenerte enfrente, vaya sesión de ronquidos, me has espantado a la mitad de la clientela, y no está la vida para perder dinero”. Tunante, me había llamado tunante. Empezábamos bien.

 

“Venga, ¿qué quieres preguntar?, te aviso de que cobro a 30 euros la hora, así que no te estés tonteando y habla”, me avisó la tarotista.

“Querida, Mari Carmen, he venido aquí buscando a mi enamorada, una linda mujer vestida de azul que conocí en una boda”, le dije con cara de alelado, como no podía ser menos debido al estado de atontamiento que produce eso que llaman aquí amor.

 

“Consultemos a las cartas, que nos dirán su paradero”, dijo Mari Carmen adoptando la cara de una profesional con altas dotes de videncia. Se dispuso a barajar, me pidió que eligiera varias cartas y las colocó encima de la mesa. La suerte estaba echada, o eso dicen en las películas aquí.

 

Después de mucho pensar, empezó a contarme lo que decían las cartas, ella las oiría, yo no, y mira que agudicé el oído, pero ni por esas.

“Estimado Skywalker, veo en las cartas que te aparece en un sitio muy concreto la carta del Carro, lo que indica que viajas más que el baúl de la Piquer. Además, veo aquí la Rueda de la Fortuna, que, unida a la otra, viene a decir que tus viajes te traerán fortuna, y, junto con la carta de los enamorados, seguramente en el amor. ¿La conoces? No hace falta que me contestes, con esa cara de atontado, juraría que no”, terminó por decirme y se quedó tan ancha y tan pancha.

 

“Pero, Mari Carmen, ¿cómo puedo saber donde está esta bella mujer de mis sueños?”, le dije ya desesperado en un último intento de esclarecer la cuestión.

 

“Veo aquí un lugar con muchas piedras y monumentos grandiosos y antiguos, yo juraría que vive en Toledo, seguro que aprobó las oposiciones y está allí subiendo y bajando cuestas”, me dijo por fin tras mucho cavilar, y movida seguramente por el ansia de que me fuera con viento fresco.

 

No me quedó otra opción que irme, eso sí, perseguido por unos vigilantes de seguridad que se empeñaban en que debía pagar a Mari Carmen. Ilusos, yo que me lo había gastado todo en bebidas espirituosas y viajes en los caballitos…No me quedó otra que correr, esta vez con dirección hacia un bus que me llevaría a la ciudad imperial.

 

Toledo me esperaba, porque Toledo nunca olvida a un visitante.

 

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