Capítulo IX: Toledo Y                       Mei Ling

 

El sol empezaba a caer en Toledo cuando por fin llegué con la lengua fuera a la estación de autobuses. La gente se apartaba asustada a mi paso, tal vez porque no debe ser muy normal ver correr despavorida a una mujer china tal como si la llevara el diablo, o quizás el susto tuviera su origen en que venía de la clase de flamenco con mi traje de faralaes, mi peineta y mi rosa plantada en un moño que iba ya colgando y a punto de salir volando.

En esto consiste mi vida aquí en Toledo: voy a clases de todo tipo para documentarme de manera rigurosa, redacto los informes que envío a Mortimer y Charles (mis supervisores) y el resto es tiempo libre, que suelo pasarlo, o tumbada a la bartola, o en los bares, tascas y tugurios de mal vivir, que es donde de verdad se aprende de los especímenes locales. Mi preferido es un tal Casa Antonio (hay un homólogo en Albacete llamado Casa Paco, entiéndase que esta gente no es muy de pensamientos elaborados), donde estoy aprendiendo cosas que nunca hubiera creído allá por la Galaxia de Orión o más allá, que ya ni me acuerdo de las coordenadas, el vino peleón es lo que tiene, atonta.

Pero quizás mi labor más trascendental es vigilar eso que llamaremos “el agujero del tiempo”, que es, como su nombre indica, una anomalía extraña espacio-temporal por la cual puedes acabar en otro lugar o época si te descuidas. Por contar un caso, hace poco me despisté y se me colaron unos turistas alemanes en la Guerra de la Independencia española junto a Agustina de Aragón… ¡Pobres, cualquiera va a rescatarlos, allí siguen sobreviviendo como pueden, ya verás cuando vuelvan a Berlín todo lo que cuentan los Kartoffel estos sobre España!

Por si no fuera poco, ahora tengo que vigilar a Skywalker, que es básicamente un anormal que han mandado Mortimer y Charles para perderlo de vista. Si tuviera algún efecto práctico me quejaría oficialmente, pero en nuestro planeta no hay oficina de reclamaciones, aquí sí, está todo el mundo quejándose y odiando todo lo que sea menester, sobre todo en Twitter, pero en ese tema es mejor no entrar, de momento.

Y aquí estoy en la estación de autobuses para recoger al anormal, vestida de faralaes, con peineta y moño desmadejado, sudando como un pollo y sin saber qué voy a hacer con semejante elemento. Quizás alguien se pregunte por qué he tomado la forma de una mujer china, y es muy fácil de responder: en Toledo hay chinos y japoneses todos los días del año, sin dejar uno, por eso Charles pensó (a veces lo hace) que no desentonaría demasiado de esta facha, además de que todos son igualitos, tienen por ojos una raya, son pequeñitos, amarillos y dan las gracias a cada rato.

Algún día me vengaré, Charles.

Por cierto, mi nombre es Mei Ling.

 

 

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