Capítulo III                  La boda ese acto bárbaro

 

Lo primero que tendría que explicar es qué diantre es una boda, algo que ya hice en su momento a mi anterior jefe de servicios terrícolas, el señor Pratchett.

Una boda es un acto bárbaro por el cual se van a vivir juntos, para reproducirse y ver la televisión, dos humanos, últimamente ya da igual que sean o no del mismo género, lo cual está muy bien porque hay más opciones y diversidad, por no hablar de afinidades para ver la tele, que, al final, es lo que terminan haciendo todos (y todas, que hay que mencionar a las mujeres, que son humanas menos difíciles de ver que los hombres, siempre llenos de pelos saliendo por todos sus agujeros). Pero lo realmente interesante es todo el ritual y la celebración posterior que se realiza para poder acceder al mando de la tele, o sea, un sacerdote o alcalde que certifique la boda, y que ambos contrayentes no están locos de atar (algo que yo certificaría en positivo siempre, los humanos me parecen todos dignos de atar), y, después de esto, se van todos con alegría a celebrar la unión, básicamente comiendo y bebiendo bebidas espirituosas de alto poder hipnótico.

Sobre la extraña manera en la que acabé en una boda, aunque es largo de contar, haré un pequeño resumen. Iba yo tranquilamente por el Parque de Abelardo Sánchez, bueno, quizás no tan tranquilamente porque iba saboreando un Calipo tropical a pleno sol del mes de julio, cuando el muy traidor (el Calipo) empezó a derretirse y caer por todo mi humilde cuerpo, con la incomodidad que ello supuso, para mí y para la mujer en cuya falda me limpié. Al principio no entendí la razón del descomunal enfado de la señora, pero terminé por entenderlo cuando se puso a golpearme con el bolso. Naturalmente, tuve que salir corriendo, por la simple supervivencia, que es algo que he aprendido de los humanos. De resultas de la carrera derivada del pánico extremo al bolso de esta buena mujer, me encontré de frente con una comitiva de hombres y mujeres ataviados con las más brillantes y galas.

En general, los hombres, esos seres llenos de pelos, parecían pingüinos y las mujeres, plantas con flores (mucho más vistoso, no hay punto de comparación, siempre me han gustado las mujeres hasta el punto de acentuar aún más la cara de tonto que me acompaña). Está claro que me impresionó mucho más el atuendo femenino, ese colorido, ese porte… esa manera de andar subidas a esos artilugios elevadores del demonio… Me fui detrás de ellas, esperando que no se notara demasiado, aunque no sé si lo logré porque iba sudando como un pollo y todavía con los restos del Calipo Tropical.

Lo primero que se hace allí es reír por tonterías y no dejar de mover el bigote, o sea, llenar el estómago de multitud de comida, eso que utilizan para sobrevivir, y algunas personas, para aumentar de tamaño a lo ancho. Yo me senté en una mesa que me gustó, al lado de los novios, y me uní alegremente a todos los ritos del bodorrio como decir: “Que se besen, que se besen”, o aplaudir y vociferar como un loco.

Tengo que decir que lo que más me gustó fueron unos bichos rosas muy crujientes que llamaban langostinos, luego me enteré que lo crujiente no se come, pero ya saben ustedes lo poco prácticos que son los humanos, a mí me resultó muy apetitoso, junto con las dos botellas de vino de Valdepeñas que me metí entre pecho y espalda. Comencé entonces a ver la vida en la Tierra con una extraña alegría.

En general, lo pasé bien, mereció la pena sólo por una extraña sensación de ingravidez que me invadió. Aquí creo que le llaman felicidad, pero juraría que más bien provino de las diez bebidas espirituosas que me tomé en diez minutos, unidas a las dos botellas de vino de Valdepeñas.

Parece ser que el baile (un conjunto de movimientos espasmódicos al ritmo de unos ruidos infernales, que aquí convierten en un acto social) se me fue de las manos, o más bien de las piernas, porque empezaron a mirarme los terrícolas con cara de susto. Todo lo estropeé cuando la emoción me invadió y empecé a dar patadas y manotazos, y eso conllevó la necesidad de volver a salir corriendo perseguido por unos maromos con los brazos más duros que el adamantium.

Estimados Mortimer y Charles, que quede bien claro que el baile es diabólico, por no hablar de las bebidas espirituosas y el vino de Valdepeñas. Apúntenlo para que quede constancia y no incorporarlo a nuestras reestructuraciones mentales. Como será de diabólico que cada vez que escucho una tonadilla llamada Paquito el Chocolatero, se me mueven las piernas solas, y esto es un problema lo mires por donde lo mires.

 

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