Capítulo II                     Skywalker, el infiltrado

 

“Comandante Charles, le envío este informe para que sepa usted que sigo vivo, muy a pesar de las circunstancias penosas que me acontecen todos los días, ya que, en mi afán de conocer el entorno que me rodea, estoy aprendiendo a base de “hostias” (esta es una expresión muy utilizada por aquí, que significa que me las dan todas en el mismo sitio, básicamente por ser un poco gilipollas).

Pero mejor sigo con los acontecidos, que me enrollo (esto es una forma de decir que hablo en demasía para la triste enjundia de lo que sale por mi boca).

Llegué a mi último destino, Albacete, hace ya tres años de los de aquí, y cómo será la cosa que he olvidado a cuántos en nuestro insigne planeta, pero eso es lo de menos, que la importancia está en lo que estoy aprendiendo de los nativos, seres fascinantes que no dejan de sorprenderme.

Al principio venía buscando una ciudad calentita, para tirarme todo el día al sol como los lagartos, y, los primeros meses así fue, ya que llegué en pleno julio, de hecho, me deshice varias veces bajo el sol porque no tuve a bien traerme el equipamiento necesario (ya dije que voy aprendiendo sobre la marcha, lo cual conlleva mucho gasto de intendencia y recomposiciones del humilde cuerpo que he adoptado cuál perrillo callejero). Cuando creía que ya habría pasado todo, me di cuenta de que los errores no habían acabado aquí, porque llegó el mes de noviembre y empecé a sufrir de una hipotermia severa, acompañada de sendos carámbanos en las narices, que, por cierto, me afeaban bastante (creo que he alimentado demasiado mi vanidad, así me va),

y que no conseguí quitar ni con agua caliente. Al final me acostumbré a ellos. Ya se deshacen solos cuando llega el calor.

Es largo de contar porqué elegí este destino, lo cierto es que nada más llegar, y mientras me aclimataba a la península ibérica, escuché a unas crías de humanos gritar en la calle:

“Albacete, caga y vete”. Me intrigó eso de que hubiera un sitio en esta tierra dedicado a la defecación, así que me fui a investigar ni corto ni perezoso, que para eso estoy aquí.

Al llegar pregunté por el sitio indicado para la defecación, pero me miraron con tal cara de asco que decidí no insistir en la búsqueda y los interrogatorios, ante todo por el bien de mi integridad física, que luego cuesta mucho recomponerse, y aquí la gente es estupenda, pero poco dispuesta a aguantar tonterías, algo que estoy terminando por entender.

Aun así, tengo que decir que no he encontrado ningún motivo para que Albacete sea un sitio indicado para esos menesteres fisiológicos tan poco glamurosos, al contrario, me parece el sitio más bonito del mundo, y no termino de entender las chanzas y chascarrillos que provoca. A mí me ha tocado el corazón, si lo tuviera, está claro, pero que me hago una idea de lo que es suspirar por un bello lugar, aunque tengo que decir que encuentro encanto en todos los sitios. Así soy de raro.

Es una tierra peculiar esta, por no hablar de los nativos, que hablan juntando todas las palabras, y deprisa como si llegaran tarde, al final nunca entiendo nada, pero hago como si lo hiciera, por no llamar la atención, aunque se me queda cara de gilipollas e intuyo que sólo eso ya me delata. Todos creen que soy un guiri (así llaman a los extranjeros, debe ser un apelativo cariñoso).

 Además, cuando pregunto qué es lo que dicen, terminan por darme un trompazo en la espalda, por lo visto todo es coloquial, amistoso y propio de los lugareños de estas tierras manchegas. La primera vez me saltaron dos dientes, los reemplacé con dos trozos de patata y no quedaron nada mal, aunque es una lástima que los voy perdiendo a cada paso. Otras veces me los como, no tengo estómago, pero eso de mover el bigote me va a terminar por gustar, de hecho, aquí se hacen celebraciones de todo tipo con el único objetivo de llenar los estómagos (algo así como un saco sin fondo donde meten las viandas y que les sirven para engordar como los globos inflados).

Y hablando de ese acto bárbaro e infame llamado comer, el mes pasado asistí a una boda porque me pareció un acto social del que extraer mucha información sobre los seres humanos de todo tipo, aunque tengo que reconocer que llegué a ella de una manera bastante extraña, que más adelante contaré. Lo único que puedo adelantar es que no me pasan más cosas porque debo tener un ángel de la guarda o algo similar”. (Continuará)

 

 

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