Por primera vez, aquel año la Navidad no había acudido a su cita

Dedicado a Floro Tomás

 

 

 

Estaba acostumbrado a ella, aunque entre estruendos, y a una supervivencia más casual que calculada. Pero mi familia y yo seguíamos juntos, eso era lo importante. Y, aunque las campanadas que allí sonaran fueran las bombas de unos y otros, mi padre y mi madre eran muy valientes y cuidaban con su vida de mi hermana de nueve años y de mí.

          No celebrábamos la Navidad con comida, tampoco con velas ni más adorno que el miedo. Las estrellas que recuerdo, siempre fueron los destellos que producía la munición desde el cielo y desde los edificios cercanos, todos ellos tan en ruinas como el nuestro.    Nuestra fiesta consistía en rezar para seguir vivos y juntos, era lo realmente bonito.    Pero aquel año no pudo ser.  Por primera vez, aquel año la Navidad no acudió a su cita con nosotros. Tras el estruendo que sonó en la puerta seguro que huyó espantada, y con mayor ligereza que la avaricia, a esconderse. Dejad que os cuente:

          Se aproximaba la hora de recibirla, a la Navidad, cuando cerrábamos los ojos y rezábamos una oración que invocaba las esperanzas perdidas. Decía, mi madre, que dejáramos al amor calentar nuestros corazones para que se originara el prodigio.  No dio tiempo a más, se produjo lo que yo no llamaría prodigio, aunque sí nos trajo asombro. Mi madre apenas tuvo tiempo de esconderme bajo el colchón. Sobre él, sentí como fue arrojando objetos y lágrimas. Gracias a lo poco que abultaba mi desnutrido cuerpo de siete años, a que apenas respiré y a que las linternas de aquellos demonios no apuntaron bien, pasé desapercibido y allí quedé. Empapado por mi propia orina. Solo. Y bien que lloré. Cómo olvidar.

          Cuando desaparecieron aquellas voces y sus maldiciones, llevándose en nombre de Dios a mi madre y a mi hermana que gritaban de dolor y suplicaban piedad, salí reptando del escondite. A oscuras pude palpar el cuerpo de mi padre, muerto por el disparo que había sonado tras el estruendo inicial. La noche se me hizo muy larga y fría. La pasé abrazado a su carne sin vida. Me resultaba incomprensible que la Navidad no se enfadara ante las guerras de ninguna parte, pero que, aún siendo yo un niño sin más decisión que la de pedir permiso para todo y sin otro pensamiento que el ruido de los disparos, del hambre propia y del llanto ajeno; la Navidad consintiera que Dios me castigara llevándose a mi familia. ¿Cómo podía entender por mi mismo que yo no era el culpable de la tragedia? Para eso hay que tener más años de los que tenía entonces.

            Amaneció y lo insólito continuó evitando que asomara la Navidad. Escuché  por la ventana a unos hombres comentar que en el centro de una plaza próxima se celebraría la subasta. Allí supuse que mi madre y mi hermana, igual que hacían con todas las niñas y mujeres, perderían el dominio de su destino y serían encadenadas a los grilletes del peor dolor. Fui a verlas por última vez.

          Aquella venta de mi madre, de mi hermana, de otras mujeres y otras niñas, hizo que para huir de mi tristeza vistiera de fiesta el alma de los congregados. La mía...

            Me imaginé cubierto de millones de copos de nieve, junto a un abeto que se alzaba tan alto que su cúpula rozaba la eternidad. De sus quimas colgaban juguetes de todos los tamaños y utilidades. Los niños trepaban  por el árbol cantando alegres y  arrancaban de las ramas los bultos que lanzaban a las manos de todos los presentes. Salí de la ilusión cuando vi que a las mías solo llegaban lágrimas.

            Mientras tú cantabas villancicos lleno de felicidad.

 

L. Ramón G. del Pomar.

 

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