Poema a mano

 

Siempre,

con el propósito de ganar sabiduría,

me he defendido de intolerancias.

Incluso a cambio de ser lo que me dañaba,

una amalgama de añadiduras y accesorios

construidos con la rabia de la suerte arrebatada.

Valores que se colaban por mis suturas

como la lluvia se derrite entre tus lágrimas.

En este mundo de atajos,

evasivas, veredictos y sorderas,

la integridad no garantiza el amor.

Como los ancestros nobles,

busqué la actitud mental en mi voz interna,

en ese timbre que dice “este soy yo”,

e hice por los demás

hasta llegar a filtrarme entre acantilados

donde ya no hay nada.

Así fue como arrojé mi cautela al viento

y confié en la sinceridad.

Con sello de valentía

y empujado por las convicciones propias,

creí estar ganando un sitio para mi vida.

Caí obstinado en el idealismo.

La malicia fue que,

antes que yo,

estaban ellos.

Los que nos roban el éxito

glorificando su potencial celestial.

Viendo desperdiciada mi aventura de bondad,

derrochado el tiempo que sembraría esperanza,

fui vencido entre palabras sin actos,

y ocultando los resquicios de mi dignidad

escondí las armas entre la maleza.

Entonces topé orgulloso con mi humanidad posible,

y con los límites de otros calvarios convirtiéndonos en uno.

Ellos, también convencidos de la suerte por vivir,

trataban de ser el cuadro que mereció ser pintado.

Pese a las consecuencias,

peligros y presión,

aún luchamos.

El valor solo llega con la minoría.

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