El subjuntivo errrante VII

 

No es ayer.

Recuerdo que no es ayer.

Por el diluvio de tu semblante

ante la dilatada y excesiva vida que me anega,

ruego el auxilio de tu corazón guarida

y hago ofrendas contra los anatemas.

Mis caricias, pintadas de geranios que germinan,

ante la vecindad de tu entrega abundante y diáfana,

la dilatación de nuestros besos,

alas de poesía y danza,

espigas que trazan sin el desdén de la mentira

sobre las rosas de pétalos sin pliegues rotos,

anónimos, huecos o vacíos,

como mi cuerpo virilizado entre tus esquinas,

vaciándose en tus ojos que me miran

y contemplan la pusilanimidad irrebatible

de este amante que corrobora, torpe y necio,

su apocada capacidad de compromiso.

 

 

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