El subjuntivo errante II

 

Profundamente humano,

quise el beneficio de las bendiciones sin dificultad

y preservar mi naturaleza antagonista.

¡Ay! Solía exclamar mi almohada.

Arrojándote al río de la duda,

si vas a favor del agua,

te ahogarás en los placeres de lo prohibido.

¡Oh! Sí, pensaba yo.

Probaré la ley de mi naturaleza,

compraré en el bazar de las previsiones,

dominaré las leyes de la ancianidad

y rendiré mi aliento cuando domine el movimiento

certero.

Palabras que designan una vida.

Tradiciones de aldeanos

en torno a la esperanza de lluvia.

No gané ni un céntimo,

sobreviví gracias al rocío y la primavera de tu portal.

Sí, él y yo

sobrevivimos firmemente atados,

sujetos por la quietud del aliento cálido,

el que se filtraba entre las ranuras de tu eficacia

gracias a la primavera de nuestro amor.

Tan ocupado en lo que es de uno

pasé por opciones que no avisaron.

Y yo pensaba:

Todo lo que contiene vida,

como el canto de las plumas,

la guerra en alguna parte,

las emociones del invencible

o la ira del que entrega su tesón,

todo, todo, todo,

no son más que ejemplos,

intercambios con la estación de las sombras.

Los humanos persiguen el alma

entre desgracias que son de nieve.

Se comprometen con mundos de oficio donde,

hasta la avaricia,

se hace carrera intelectual.

Y, aunque sobreviví gracias al rocío y la primavera de

[tus esperanzas,

también nos sumergimos en el abismo.

 

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