Las historias de amor siempre son bellas (parte 1)

 

Conocí a Roberto en la cafetería Caroche. Todas las tardes a las 16:30, puntual como un reloj suizo llegaba,  colgaba su sombrero y el bastón en el perchero que hay en la entrada y se sentaba junto al teléfono, su sitio preferido para tomarse el café solo que tanto le gustaba. Lo paladeaba como si fuera de auténtico caramelo. Daba gusto verlo tomar ese café, repleto de pausas y sorbos pequeños.

“Sin azúcar” decía siempre, “El azúcar le mata el sabor”.

Una tarde, se acercó a mí y me habló por primera vez. Tenía curiosidad por saber qué era aquello que escribía todos los días en mi Moleskine negra.

-Poesías, relatos e historias de amor.- le conteste mientras le enseñaba, por encima, lo último que estaba escribiendo.

Historias de amor.-dijo repitiendo mis últimas palabras con una mezcla entre tristeza y añoranza.- Yo podría contarte la más bella de las historias de amor, la mía, aunque discúlpame si no lo hago. Me resultaría demasiado triste ese recuerdo, ya que no tuvo un final feliz.- me dijo con los ojos apunto de estallar en lágrimas.

Los finales no siempre son felices, pero las historias de amor siempre son bellas. El amor lo es, ¿no cree?- dije mientras le daba una palmada de consuelo en la espalda.-Me encantaría conocer la suya.

Eso sí, amigo Kiko. Las historias de amor siempre son bellas. Buena frase. Sólo por eso, te contaré un poco por encima lo que me hacía sentir la nuestra.

Roberto dió un sorbo más a su café, que supongo ya estaría frío, se relamió la crema de los labios y haciendo gestos que imitaban a una mano escribiendo, para que apuntara lo que me iba a contar, comenzó con su resumida historia.

 

 

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