La isla y el náufrago

 

Me siento como un náufrago que intenta sobrevivir en una minúscula isla desierta, en mitad del vasto mar de la desesperación.

Oteo desde mi pequeña playa buscándote, pero sólo puedo ver como el mar se desborda por el horizonte a la caída del sol.

Estoy perdido, desesperado. La boca seca y el corazón roto me hacen recordar que aún estoy vivo.

Cada noche escribo un poema bajo la poca luz que me ofrece el cielo estrellado. Lo encierro en una botella y lo lanzo lejos con la esperanza de que alguna corriente poética lo arrastre hasta tu playa, para que puedas leerlo y vengas a salvarme.

En todos te cuento lo mucho que te amo. Y es que sólo sé escribir de ti y de mí y de la perfecta unión de nuestros labios. Echarte de menos es mi condena en este exilio.

Ojalá viera tras las olas las blancas velas de tu barco...

Pero ya no me quedan botellas en las que guardar mis poemas. He intentado echarlos a la mar convertidos en papirofléxicos veleros, pero el agua, del papel siempre fue enemiga y los hunde borrándolos por completo.

Este es mi último poema. El último en que te nombro suplicando que me rescates. El último que te dedico y no es porque haya dejado de amarte. Tú sabes muy bien el motivo. Lo dejo por amor. Por el amor que te tengo.

Y si alguna vez, mientras paseas por tu orilla, te encuentras con una de mis botellas llenas de amor, recuerda que era la única forma en la que podía comunicarte que te echaba de menos desde mi desértica isla. No lo tengas en cuenta y guárdala como muestra de aquel sentimiento que llenó novelas.

Kiko Téllez de la Poza

 

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