Bésala

 

 “Bésala” me susurraba aquel fuego crepitante mientras sus llamas danzaban para nosotros un vals que hablaba de amor.

 

“Bésala” repitió insistente el calor que desprendía.

 

Qué perfectos eran sus ojos. Espejos del alma en los que podía ver reflejados sus pensamientos y mis ganas de besarla.

Una caída de sus párpados me dio permiso para hacerlo.

 

Aparté suavemente el mechón de pelo que caía por su mejilla y lo coloqué con una suave caricia. Y de esa caricia nació otra que bajó hasta la comisura de sus labios, lugar en el que ya estaban los míos. Un beso suave y otro detrás de este primero, acompañados con el dulce sonido que provocan los pequeños besos, anunciaron que había llegado el momento en el que nuestras lenguas debían comenzar su juego y así lo hicieron. Se fundieron en ese abrazo resbaladizo y tierno.

 

Por un momento todo se pintó en negro. Había cerrado los ojos para que todo fuera más intenso, más sensitivo… mucho más parecido a mis sueños y en aquel oscuro momento, pude verla desde lo más profundo de mi alma en su máxima esencia.

No existían los rostros ni los cuerpos. Éramos pura luz, pura vida, puro amor, bañados en la extrema sensibilidad de nuestro tacto.

Cada caricia era una luz centelleante en nuestra cálida oscuridad. Cada beso una nota. Cada escalofrío, que recorría mi espalda, pintaba sobre aquel oscuro lienzo con colores vivos un mundo nuevo.

Cada gemido, cada suspiro, cada respiración acelerada llenaba de vida aquel lugar que nació inhóspito y yermo.

Sentí su humedad y quise ser pez para nadar eternamente en sus cálidas aguas.

Sentí su abrazo y quise volver a ser humano, para ser de piel y vivir junto a ella, en su refugio.

Sentí como su pasión y la mía se hacía amantes, se juraban amor eterno y se fundían en una sola, diferente y única forma de amar.

 

Y como en el amanecer, nuestros párpados fueron abriéndose poco a poco dando paso a la luz de un nuevo y hermoso día. Lo primero que vi fue su sonrisa. Lo primero que escuché fue un “Te quiero”. Y deseé que aquello nunca terminara.

 

“Volvamos a ser noche” dije mientras cerraba los ojos y volvía a besarla.

 

Kiko Tellez de la Poza

 

 

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