Vecinos

 

 

Todo el mundo ha sufrido algún vecino molesto; uno de esos que montan fiestas hasta las tantas o pasan la aspiradora de madrugada, pero los moradores del piso contiguo al mío eran de lo más desconcertante. En ocasiones, había escuchado resonar las canciones de la tuna compostelana o el dicurso de Luther King, “I have a deam”, como si tuviese instalado en mi dormitorio un altavoz, en lugar de pared medianera, pero luego transcurrían semanas enteras sin que alcanzase a percibir el más ínfimo vestigio de actividad en la vivienda de al lado.

Me había trasladado a esta urbanización de nuevo cuño dos meses atrás, y apenas conocía a cuatro o cinco de los inquilinos del inmueble, pero nunca había coincidido con los de la casa adyacente. Admito que suelo ser victima de la curiosidad más insana, en especial por cuanto no me concierne, por lo que me dirigí al buzón para indagar sobre la identidad de mis vecinos. En el citado no figuraba ningún nombre, y estaba atascado de publicidad, que sobresalía de él como un penacho abigarrado, al igual que la mayoría de los del bloque, todos los que permanecían sin ocupar.

Decidí aparcar este irracional asunto en ese rincón que reservamos a todo aquello que nos resulta más incómodo o se niega a doblegarse, contumaz, a nuestra pobre lógica, hasta que un martes, a las tres de la madrugada, tuve ocasión de escuchar a Lola Flores arrancarse por bulerías como si estuviese actuando sobre mi cama. Sin dudarlo y en pijama, salí de mi casa y llamé al timbre de la vivienda colindante. Me abrió un hombre corpulento, peinado al centro con media melena y vestido con un batín de terciopelo Burdeos, vetusto y pasado de moda, mas sin duda elegante, con las iniciales O.W. bordadas en dorado sobre la pechera

– Buenas noches. Soy su vecino de al lado. Le rogaría que pusiese la música un poco más baja; mañana debo madrugar y me impide conciliar el sueño.

– Buenas noches, estimado caballero. Me temo que es usted víctima de un lamentable error, ya que, como puede comprobar, aquí no hay música alguna, ni ningún aparato capaz de producirla.

En efecto, la música había enmudecido, a buen seguro que después de que escuchase el timbre. El hombre debió intuir mi escepticismo, porque prosiguió.

– Entre, por favor, y compruébelo por sí mismo.

Por supuesto que pasé. Y, para mi pasmo, la casa aparecía desnuda por completo, sin rastro de muebles que rompiesen la unánime blancura de las paredes y, mucho menos, alguna radio o equipo de música. Lo que no entendía, entonces, era qué demonios pintaba él allí a esas horas, vestido como un dandy victoriano.

Ya me disponía a marcharme, a la par que le ofrecía las excusas más atónitas a mi vecino, cuando comprobé que la puerta se encontraba cerrada con llave, por más que no me había percatado de cuándo podía haberlo hecho. Le pedí que me abriese.

– Lo siento de veras, pero llego tarde. Ahora mismo tendría que estarme apareciendo en la otra punta de la ciudad.

Y, sin demorarse más, desapareció atravesando la puerta.

 

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