Solución habitacional

 

— ¿Se puede saber qué hace usted aquí?

El hombre, reducido a un ovillo inverosímil en el diminuto maletero del utilitario de mi esposa, comenzó a estirase y a desentumecer articulaciones.

— No se enfade, por favor.

Por un instante, me había sentido dominado por los celos, pero enseguida comprendí que el hombrecillo, escuálido y demacrado, no era un rival en ese aspecto.

— ¿Qué demonios pinta en el maletero?

— Me desahuciaron hace tres meses, y no tengo adónde ir.

— Haga el favor de salir de ahí.

— ¿Qué más le da? Nunca usan el maletero y me sustento de los gusanitos y gominolas que dejan caer los niños ¿No ha notado lo limpia que está ahora la moqueta?

El hombre se antojaba digno de lástima,  mas no me dejo enternecer con facilidad. Sacó algo de debajo de la camisa.

— Mire —añadió mostrando una diminuta bomba de bicicleta— además mantengo hinchada la rueda de repuesto.

—Venga, métase; pero no haga ruido, que mi mujer es bastante miedosa.

— ¿Su coche no dispondrá de un maletero algo más grande? El lumbago me está matando.

— Lo siento: ya tengo a una familia realquilada.

 

 

 

 

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