Reciclaje

 

— Pssst.

Era ya la tercera vez que le parecía oír chistar, y el ministro se decidió a alzar el mantel y mirar bajo la mesa. Allí estaba agazapado en cuclillas un hombrecillo rubio. Su primera reacción fue llamar a sus escoltas, pero la presencia insólita le inspiraba más

curiosidad que temor.

— ¿Se puede saber qué hace usted ahí?

— Soy su reciclador, ¿no sobra nada? Oigo que empiezan a recoger.

Respondió con tanta naturalidad, que el ministro se limitó ofrecerle una bandeja de shushi casi intacta.

— ¿Mi reciclador? Ignoraba que tuviese tal.

— La maquinaria ministerial es compleja, y usted no puede estar al tanto de todo, ¡bastante tiene con sus responsabilidades!

 — ¿Y lleva mucho tiempo en esto?

— Hoy es mi primer día —repuso mientras que se embutía el pescado crudo a

puñados— ¿No hay nada de fiambre?

— ¿Es complicado acceder al puesto? —indagó, sin terminar de dar crédito, mientras que le tendía un plato en el que apenas restaban un par de lonchas de ahumados resecas y otro con media docena de langostinos.

— Sí lo es, no se piense; menos mal que estudié ingeniería aeronáutica, porque en el examen pusieron unas ecuaciones diferenciales que no vea ¿Y usted lleva mucho de ministro?

— Tres semanas, ¿de veras está usted contratado?

— Sí, por su ministerio, aunque nada más que para cubrir una baja; dicen que este es un puesto de alto riesgo. Fíjese que dejé un empleo muy bien pagado en la empresa privada porque mi novia prefería la seguridad de la administración, ¡y acabo de interino! Pero no ponga esa cara de incredulidad, hombre: ¿cómo pensaba, si no, que alguien podría resistir semejante ritmo de convites y banquetes?

En verdad, hoy llevaba ya tres actos, cada uno con su respectivo ágape. El hombrecillo le tendió los platos vacíos y el ministro se los cambió por el único que aún contenía algo, un par de calamares. Antes de bajar de nuevo el mantel, aún pudo escuchar.

— Si no le importa, de plato fuerte pida carne; tanto pescado me provoca urticaria.

 

 

 

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