Prueba de fe

 

Nunca he sido creyente, aunque en verdad debiera decir que no lo era, pues, cuando la realidad te golpea como un puñetazo,  no te puedes permitir el lujo del escepticismo.

El primer síntoma fue el cambio de carácter, que quise atribuir a la mudabilidad de las adolescentes. Las úlceras que aparecieron después fueron objeto de estudio de toda clase de especialistas, desde dermatólogos a oncólogos, sin resultados concluyentes. Entonces fue cuando su lengua comenzó a herir como si supiese con exactitud qué era lo que te podía causar mayor daño, justo cuando el hedor hizo insoportable el permanecer a su lado. Admito que llegué a odiarla –Dios me perdone– incluso llegué a pensar atrocidades, si bien con carácter efímero, pues el instinto paternal es una fuerza de asombroso ímpetu.

La desesperación determina que uno pruebe cualquier remedio, desde medicina Bantú a homeopatía: cualquier cosa antes de ver irse a mi hija sin hacer nada. Confieso haber incurrido en el ridículo más vergonzoso al ponerme en manos de algunos especimenes a los que antes siquiera me hubiese dignado a mirar. Aún así, jamás hubiese sospechado que ese viejo sacerdote pudiese ser la solución, pero cuando el agua bendita con la que la roció entró en ebullición al contacto con su piel  y todos los pequeños objetos de la habitación comenzaron a volar hacia el párroco, que aguantó el chaparrón impasible, sin cesar de rezar entre dientes, al instante supe que, de haber alguien en el mundo capaz de ayudarla, era él.

– En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Por primera vez, comprendo lo que significan estas palabras, así como mi respuesta, “Amen”, así sea. El señor cuenta con extraños medios para lograr que sus hijos recuperemos la fe.

 

 Juan Carlos Garrido del Pozo

 

 

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