Puntos negros

 

"Yo me maté en esa curva (dije señalando su sonrisa)" Julio Cortázar

 

Casi siempre hay algo que cambia. Puede ser alguna tarea dentro de un trabajo rutinario, la comida, la ropa. Y sin embargo, a veces esta ración diaria de variedad controlada no es suficiente para alguien con un corazón hambriento y una mente con ilusiones quebradas. Algunos vivimos esperando esos acontecimientos que, sabemos a ciencia cierta, se podrán contar con los dedos de una mano, pero terminarán ocurriendo y machacando el mar de hielo que llevamos dentro, que diría Edgar Allan Poe. Un mazazo de realidad que duela, que nos apasione, nos aprisione, o las tres cosas, para poder sentir que de verdad estamos vivos.

La primera vez que pasé por uno de estos puntos negros tenía más o menos seis años. Me perdí en un parque de diseño intrincado, desesperando a mis padres, todo para observar a una pareja que, bien entrada en la treintena, se besaba y se jugaba a pasarse un chicle de boca a boca y a mostrármelo a mí mientras sonreían.  La segunda vez quizá tuvo que ver con el descubrimiento de nuestro efímero paso por estas tierras, que no necesita demasiada explicación. La definitiva, cuando ya tenía doce años, pude aplicar lo que había aprendido en aquel primer momento revelador. Una pasión que me duró tres semanas antes de que ella decidiera ponerle fin. Cuando esto se repite en la edad adulta, el golpe de gracia parece normalmente bastante más certero, pero la esencia permanece: si se deja pasar el tiempo suficiente, la memoria proporciona recuerdos con un sabor agridulce, como si se hubiese activado una manguera que no se puede cerrar del todo. Y, sin embargo, la conciencia se busca a sí misma como hicieron mis padres aquella tarde, esperando encontrar al niño que se esconde entre los árboles para reprenderle con alegría contenida y preguntarle: “¿Dónde te has metido?”

El resto de experiencias  pueden tener que ver con el éxito y la frustración laboral, los paréntesis en los que la película parece no pasar del tráiler, las enfermedades propias o ajenas y su evolución, los encuentros y la ausencias repentinas con todos sus fuegos de artificio. Podría decirse que son coincidencias sacadas de cualquier comedia de Plauto, pero donde los personajes no llevan peluca, aunque a veces parezca que van a quitársela de un momento a otro. Por paradójico que sea, uno se arruga y crece al mismo tiempo, siente cómo su esencia se transforma. Y tú, ¿por cuántos puntos negros has pasado?

 

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