Paseo por el teatro de las                      sombras

 

En una arista había una puerta

con  la palabra “hombre” escrita en rojo.

Pasó sin llamar y el verso

del  hechizo se apagó con los obuses.

Y la puerta se hizo añicos.

 

En otra arista otro vano

que rezaba  “humanidad” bajo el arbitrio

del barniz le instigó a tirar con fuerza.

Tropezó con calaveras, astas, gasolina.

Y una leyenda negra escribió en vano.

 

Tercera arista y la incipiente “raza”

solo  le regaló gruñidos, voces  ásperas  

y manchas de escayola.

 

La cuarta puerta prometió limosna,

la llegada del “placer”, y la sostuvo,

pero las sombras de recuerdos granizados

rellenaron su faringe y se previno.

Y su vida se hizo añicos.

 

Regresará hacia el centro de la plaza,

con los pies ensangrentados  y con clavos.

 

Descubrirá  que no está solo,

que el mirador está repleto de personas,

pero puede

que sea hoy cuando pueda dar cuerda a sus palabras.

Y tocará una piel y no una sombra,

porque sabrá que ya no hay puertas ni prejuicios

y que no hay que pasar excesivos apuros

para llamar a las cosas por su nombre.

¿Dónde se limpia el mar contaminado?

¿Dónde puede alcanzar un cielo sin cimientos?

¿Dónde podrá arrojar el odio si le asfixia?

 

Tendrán que vivir así, con vano fruto,

sin bóvedas que espíritus pongan rectos,

acariciarse siempre bajo soles

y ser bañados por lo inexplicable.

 

Tendrán que darse amor con espirales

que den a sus pupilas nuevos rayos,

para que por su espalda

trepen nuevas olas.

 

Y al centro arrastrarán a quienes puedan,

para que su epopeya sea la nuestra,

con el coraje de quien surca territorios.

Y  sus mentes contendrán madera y llave.

Y sus vidas serán savia repuesta.

 

 

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