Los cuerpos derretidos

 

Nuestras siluetas se movieron tratando de calcular cada paso, avanzando a gatas en busca de una oportunidad para perpetrar su delito.

Una luz tenue se esparció por la habitación, jugando a mezclarse con la colección de fragancias que lo impregnaban todo. La agarré del pelo y nuestros ojos hablaron en ese idioma que no necesita intérpretes, haciendo que el tiempo se hiciera más denso y se detuviera para nosotros. Dejé que su lengua afirmara la verticalidad de mi cuerpo, como un péndulo que oscilaba por mi vientre sin ningún esfuerzo. El fuego me traspasó la piel y ella se llenó de mí hasta que las primeras gotas asomaron, siendo anunciadas por la caricia de la sábana, que hacía las veces de una piel susurrante.

Seguramente es así como habla la naturaleza, entre paréntesis, anestesiándonos para que no suframos más de lo estipulado. Mi cabeza entre sus senos fue precursora de la debacle más dulce, la de la lucha entre dos seres que chocan para poner a prueba sus límites antes de renacer frente a la amenaza de las miserias cotidianas, esas que hacen necesario un tiempo muerto, una tregua sellada entre labios, nervios, manos, glándulas y voluntades.

Y entre pausas y ataques sellamos la paz más violenta, ambos con los brazos detrás de la espalda formando los lados de un puente móvil. Los suspiros y jadeos marcaron el compás de la batalla, hasta que nos fundimos los dos en un abrazo cómplice. No necesitábamos nada más.

 

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