El sendero

 

"La vida es un viaje, no un destino." - Ralph Waldo Emerson

 

X e Y se conocieron en una posada de la manera más inesperada. X traía los pies llenos de heridas y estaba bastante cansada de viajes, propios y compartidos. Y había llegado allí después de años de transitar un sendero único, con un equipaje ligero pero molesto, el de la soledad crónica y el incumplimiento de algunos deseos, y con ganas de explorar qué se podía esconder en el horizonte.

 

Después de hablar y estar juntos unas pocas veces, ambos se dieron cuenta de que se parecían bastante, no solo en las cicatrices, sino en su manera de sentir y en las expectativas sobre quién sería un buen compañero de viaje. ¿Podría ser alguien con una personalidad muy diferente a uno mismo, desconocido y misterioso, que pudiese complementarles, pero con el que hubiese más posibilidad de conflictos? ¿O bien alguien semejante, con una posibilidad de comprensión mutua pero quizá más problemas para avanzar hacia alguna parte?

 

Se parecían también incluso en convicción de que era imposible o a veces contraproducente querer encontrar a este turista perfecto, cuya entidad existe a veces solo en la mente, y que en la realidad es frecuentemente sustituido por un viandante más imperfecto, pero más noble y digno en el mejor de los casos, que acompaña a quien ya puede estar completo sin su presencia.

 

Al principio hubo un interés mutuo. Y se moría de ganas de acompañar a X, no importaba las dificultades que el viaje pudiera deparar, pues lo importante era disfrutar de su mirada, de su emocionante sonrisa, avanzar paso a paso y disfrutar del paisaje, de la frondosidad de las plantas, el fluir del agua de los ríos y las fuentes, el compás de las estaciones y la fuerza de las estrellas. Incluso sentía un deseo inconfesable por poder curar las heridas de X, como si esto dependiese solo de la voluntad. Pero ella sabía que no siempre se acierta, y le dijo que no se podían forzar las cosas, que aunque intuía que sus intenciones eran buenas, también le parecía necesaria bastante experiencia y autonomía para poder hacerlo. Su compañero estaba de acuerdo, y reconocía que ella era sincera y de buen corazón, aunque pensó que la clave estaba en conseguir conocer, aceptar y valorar el carácter único del otro sin condiciones, a través del deleite en un conocimiento que siempre estaba en trámite, algo en lo que él mismo  se comprometía a trabajar también. No importaba que al final cada uno emprendiese el camino en solitario o con otros viajeros que podían llegar de manera tan misteriosa y natural como la que ellos se habían encontrado en esa posada tan acogedora. Era indiferente el número de bifurcaciones que existiesen. X e Y siempre podrán aprenderse, pensarse en voz alta, darse un poco de alegría, encontrar tiempo para acercarse más y compartir un poco de su esencia.

Frente a sus ojos cada mañana hay aún un viento y una temperatura solo ligeramente diferente, y un sol por descifrar desde una perspectiva ingenua pero auténtica, al son de una melodía que se va tejiendo despacio, pero sin pausa. 

 

 

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