Ciudad de algodón

 

 

El pequeño Charles le habló a su amigo Thomas acerca de Flossvern, describiendo sus particularidades y encantos. Cuando uno entra a la ciudad por una carretera comarcal, se encuentra bloques de pisos con ladrillos tan finos que parecen hechos de hilo, antes de llegar a Green Square, donde abundan las tiendas de colgantes, que incluyen abejas, lobos, bisontes y otras reliquias de tiempos pasados. En el centro hay un mapa imperfecto donde faltan algunas calles.

Los pájaros no vuelan muy alto, el aire es muy denso y las nubes parecen hechas de algodón. Los niños se bañan en termas bajo capillas de mármol y los hombres y las mujeres labran caracteres extraños en piedra.  Hay un palacio muy delgado en forma de pico, donde los expertos estudian cartografía. En las diferentes salas hay espejos, donde para el visitante es posible apreciar sus músculos, tendones y venas, sin ninguna deformidad.

En el otro extremo de la localidad hay un parque muy grande, donde los viejos dan de comer a las palomas, aquellas que se quedan imantadas, en suspensión. Ya no llevan mensajes como lo hicieron en otras eras.

Los adolescentes, que también lo frecuentan, buscan las respuestas a sus preguntas en las flores. Los hostales se llenan de curiosos, venidos de diferentes partes de lo que queda del mundo. Por la noche hay jadeos que son relevados por los gorriones cuando el reloj de la plaza da las 7. No existen hogares, salvo aquellos donde viven los más experimentados. En el puerto hay una estatua con forma de árbol torcido. En las calles se respira tranquilidad. El deseo es el único dios al que venerar.

 

 

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