Camaleón

 

Sin pensar demasiado, me cubrí la cara con el cuello de la chaqueta. Como un conejo que huye del cazador, escondí  la cabeza para no poder ser visto. El cuero negro era sin duda mi mejor aliado. Aunque sabía que era una reacción absurda para alguien como yo, me sentía seguro en esa posición. Encendí un cigarrillo y me limité a escuchar la voz de mi propia conciencia mientras el ruido de los coches y las pisadas componían una cansina melodía.

Si él hubiera podido mirarme a los ojos con detenimiento, sin duda le habría chocado mi gesto de ternura. Pero sabía que Chema no era dado a los melodramas, y que prefería evitarlos imponiendo la ley del silencio, que había sido la única mediadora entre nosotros durante más de cuatro años. Con una actitud meramente contemplativa, sin embargo, observaba las fotos y los comentarios que hacía en internet como un testigo mudo, como el fumador pasivo que se deja intoxicar una y otra vez.

¿Qué pensaría el que había sido mi amigo de todo esto? ¿Sería consciente, en el momento de comunicar sus palabras en el vacío, de que yo le observaba? ¿Se sentiría juzgado, o más bien sería rencor, o indiferencia?

Como había engordado bastante desde la universidad, era imposible que la gabardina no sirviera para camuflarme.  Los segundos se hicieron eternos mientras mis pulsaciones se aceleraban.

Quería preguntarle qué había sido de Laura después de que él se enterara de lo nuestro.  Quizá era también una observadora distante y sigilosa detrás de una pantalla, aunque dudaba mucho de que se dedicara a algo tan inútil y estúpido. Yo, por mi parte, la tenía olvidada, al menos hasta aquel desafortunado momento.

Cuando el semáforo volvió a ponerse en verde, extendí las manos, tiré el cigarrillo, que pisé enérgicamente, y miré alrededor.  No sabía lo que había ocurrido, pero ya no me importaba.

Me dirigí a la oficina, como un zombi que arrastraba su cuerpo. Saludé con pocas ganas a los del departamento, encendí el ordenador, y empecé a tramitar un expediente. Sabía que aquel momento no se repetiría jamás.

A la semana siguiente recibí una llamada de un número desconocido. Una voz grave me decía que estuviera ese sábado a las cinco en la estación. El corazón se me encogió. “¿Quién es, qué quieres?”. La respuesta no se hizo esperar. “Haz lo que te digo o tendrás problemas”. Por supuesto, no me presenté.

El domingo, al abrir el periódico, me encontré con el siguiente titular: “Acosador se suicida tras un enfrentamiento con la policía”. Lo leí entero de un tirón. No podía creer lo que veían mis ojos. Se me hizo un nudo en la garganta y me sentí completamente aturdido, como si me hubiesen drogado. Cerré el dominical, puse las manos a los lados de mi cabeza, y encendí el televisor. La oscuridad se iba poco a poco adueñando del salón.  Aquella noche apenas pegué ojo. 

 

 

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