Por el bosque se internaban los inocentes

 

Nuestro amor eran los niños del pueblo.

Poco a poco, en atardeceres rojos como granadas, lo fueron abandonando, en pequeños grupos, siguiendo a Kolya, el leñador. Éste los atraía con su lámpara de llamas verdes perfumada de lilas mientras les tocaba melodías dulces con su flauta de roble. Por el bosque se internaban los inocentes con mirada curiosa. Algunos llegaban hasta la guarida del leñador cuyas maneras alegres se volvían toscas y sombrías. Otros, en cambio, se perdían en la espesura y siempre acababan olvidando el camino de regreso a casa.

Ahora ya no se ven niños por el pueblo. Alguno hay pero está escondido.

 

Jorge Castillo Jiménez

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