Tiempo de Cerezas

 

Hoy me han preguntado si alguna vez un libro me escogió. Y he de decir que sí, que vaya si lo hizo. 

Recuerdo que era un día soleado de primavera, y venía caminando por el Paseo del Prado hacia Atocha para coger el tren que me llevaría a casa. Había pasado la tarde en El Retiro con un grupo de chicas que había conocido hacía poco. Volví caminando con una de ellas hacia la estación, y fue en ese paseo cuando las dos descubrimos que la otra también escribía, y que uno de sus sueños era llegar a escribir una novela.

Ya he dicho que hacía sol, que era primavera, y habréis deducido que era Madrid. Pues combinad los tres factores y llegaréis a la conclusión de que la calle estaba abarrotada de gente. Y fue entre la multitud, que yo vi un libro que caía al suelo. Me agaché y lo recogí. Alzando la vista pude adivinar quién lo había perdido. Un señor mayor arrastraba un carrito de la compra que llevaba abierto. Sin apenas pensarlo, dejé a mi nueva amiga atrás y, esquivando a la gente, llegué hasta aquel hombre que se deslizaba por la calle arrastrando sus pies.

– Perdone, creo que se le ha caído este libro.

Él me miró con gesto serio, después miró la novela. Comprobé entonces que su carro iba repleto de otros tantísimos libros. <<Un librero de Moyano>>, pensé.

Sin cambiar su semblante, él me tendió la novela. Tiempo de cerezas.

– No lo he perdido–me contestó­–, él ha decidido irse contigo.

Y el librero siguió su camino, arrastrando historias que se refugiaban en su carro hasta que encontraran a su nuevo dueño.

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