Os voy a contar un cuento

 

Había una vez un capitán de barco que había perdido la sonrisa dentro de una caracola.

Todos le temían, y ningún pirata osaba atacar su barco, pues decían que nadie jamás había visto en su rostro un gesto de alegría. Él se sentía dichoso, no obstante, pues el respeto que parecían tenerle le ayudaba a mantener lejos de su oro a los bandidos y recoger lo que otros le ofrecían por ganarse su confianza. Un día el capitán descubrió un polizón en su barco ansioso de aventuras. El patrón, a pesar de saber que era una decisión cruel, mandó a sus hombres tirar al agua al intruso para poder seguir conservando su buen nombre entre los piratas acechantes de un gesto de debilidad. Pero cuando sus hombres estaban a punto de ejecutar su orden él los detuvo. Se acercó al polizón, levantó su barbilla con la mano e hizo girar su cabeza de un lado a otro. Había visto en aquel hombre, cerca de su cuello, la llave que abría el cofre del tesoro que él ansiaba en secreto. No podía arrojarlo, pues lo necesitaría para llegar hasta él.

Juntos surcaron los mares y los océanos, compartieron el vino y charlas hasta el amanecer, y su barco sombrío se volvió tan luminoso que decenas de otras naves quisieron acompañarlos en sus viajes. Fue abriendo el cofre que habían encontrado en una de sus aventuras cuando un rayo se desprendió de su interior para estallar contra el cielo. El agua se inundó de luz y los marineros, cegados, luchaban por hacerse con el control de los barcos. Cuando el mar volvió a la calma y los ojos pudieron ver de nuevo, comprobaron que se estaban hundiendo a causa de los agujeros que la tormenta había originado en las naves. Desprenderse de sus hombres era la primera opción de los capitanes, que fueron deshaciéndose de ellos a medida que los barcos se iban hundiendo. Pero el capitán de los capitanes decidió que en su barco lo único que se tiraría por la borda serían sus tesoros.

Así fue arrojando conquista tras conquista, cofre por cofre, hasta que casi alcanzando la orilla fue consciente de que uno de los marineros debía ser sacrificado para que el resto llegara a salvo.

Y con una sonrisa, la misma que descubrió en su amigo, cerca de la barbilla, cuando iba a ser arrojado al mar, el gran capitán saltó al agua, consiguiendo que el suyo fuera el único de los barcos que llegara a la Playa de Santiago con vida a bordo.

Fragmento de la novela “La sonrisa de Tango”.

Isabel González Yagüe, 2013

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