Ojalá sea grave

 

Ojalá sea grave, crónico y extremadamente contagioso. Ese ritmo, señora, debería ser una enfermedad incurable. Ojos que van, ojos que vuelven en una ciudad gris y contaminada de estrés y ansiedad. Un vaivén hipnótico es lo que usted sostiene, linda dama, en sus caderas.

 

Ojalá se transmita esa alegría, señor, con un simple apretón de manos. Esos buenos días con energía, ese cómo está usted sincero, esa mirada comprensiva, ese romper los moldes entre los hombres de negocios cuadriculados entre los que se mueve. Un soplo de color es lo que tiene usted, caballero, en su sonrisa.

 

Ojalá no encuentren vacuna a esas ganas de comerte el mundo, niño. Ese correr por las calles con el balón bajo el brazo, ese no escuchar que hay millones de niños que sueñan con ser futbolistas en el mundo, ese creer que puedes ser ese uno entre un millón que sí alcanza su sueño. Es un tsunami de pasión, chaval, lo que sujeta el balón que contra la pared golpeas.

 

Ojalá se extienda como una plaga, niña, ese impulso tuyo de encontrar a quién se cruza por tu lado. Esa manía de cuidar a los más débiles, esa extravagancia de querer arreglar los corazones que otros estropearon. Y es ese corazón tuyo, chiquilla, el que debería estar patentado.

 

Ojalá sea una plaga, sin vacuna, que se transmita al simple tacto, muy grave y extremadamente contagioso.

 

 

 

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