Muros

 

Una vez leí que las fronteras son cicatrices en la tierra. Pero esas cicatrices van más allá del suelo, son heridas profundas que rajan el sentido común. Que desnaturalizan al alma. Crecen hacia arriba, formando muros que solo sirven para derribarse: los muros que separan intereses políticos.

 

También hay muros que se extienden como una plaga, un virus que aparece, se propaga por cada una de nuestras neuronas y a veces nos vamos con ellas a la siguiente vida. Son paredes que desunen almas que un día fueron una y que ahora los ladrillos de orgullo les impide estar juntas de nuevo.

 

Pero también hay muros que acercan corazones que de por sí ya estaban pegados.

 

Hace poco conocí la historia de uno de estos muros por los que merece la pena todo esfuerzo, los que se levantan con valentía y permanecen en pie por amor. Cuando el pasado mes de abril Nepal fue azotado duramente por la furia del suelo, y los terremotos convirtieron aquel paraíso para el turismo en un infierno para su gente, la niña Nita de siete años intentaba resguardarse junto a su abuela en su casa. Pero cuando su abuela se dio cuenta de que el techo de la casa iba a dejar de resguardarlas para convertirse en su propia lápida, ella misma en un microsegundo de pasión se abalanzó sobre su nieta, construyendo con su cuerpo un muro infranqueable que salvó la vida de la niña, sin que ella pudiera ni intentara hacer nada para salvar la suya propia.

 

Estos son los únicos muros que deberían permanecer en pie, aquellos de los que debería vanagloriarse la Historia. Porque estos muros son los que levantan esperanzas, los que segregan las valentías de los dramas, los que dejan en este mundo cicatrices, sí, pero de amor.

 

 

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