El derecho a la alegría

 

Cuando el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General, reunida en París, aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos, olvidó incluir en ella, que todos los seres humanos y no humanos tienen derecho a la alegría.

 

      Todos nacemos alegres, por mucho que a los humanos nos dé por llorar al ver por primera vez el mundo, y es que a mí me contaron que las lágrimas al nacer son solo causa de la emoción y no del sufrimiento.

      Sí, todos tenemos el derecho a ser alegres. Pero he conocido a seres a las que algún alma mal nacida se lo robó. Una falsa promesa, una despedida sin adiós, una traición o una mentira pueden robarle la alegría al más alegre de los espíritus. Sin embargo, ya se sabe que a los mentirosos tarde o temprano se los acaba atrapando, y la alegría vuelve a su legítimo dueño.

 

      Sí, todos tenemos derecho a la alegría. Aunque he conocido a personas que no hacen uso de ella. Creen que tienen los motivos de mayor peso para ir deambulando por la vida como si no fuera con ellos. Gente que ríe, y se alegra, sí, pero que no es alegre, que tienen el ánimo escurrido, que parecen que no han tomado fibra en años, o que no se han desmelenado en su vida, ni una canita al aire parece, vaya. Gente que tiene todo alrededor para ser feliz, familia, amigos, salud, amor, y sin embargo van con la vista perdida en falsos egos terrenales. Esta gente, la que no usa su alegría, perdonadme pero no tienen mi comprensión.

 

      Sí, todos tenemos derecho a ser alegres. Pero he conocido a personas, y también a animales, que lo perdieron y les ha costado lo suyo recuperarlo, si es que alguna vez lo consiguieron. Y son ellos los que más me duelen porque no se lo merecen. Porque amaron tanto y aún aman que la pérdida de un ser querido les hace caer en un abismo infinito, con la convicción de que su porción de felicidad ya se ha terminado. Parejas que después de una vida juntos se dividen mitad tierra, mitad más allá. También he conocido animales que mueren de pena al alejarlos de su compañero. Se les olvida que aún tienen el derecho a la alegría, se les olvida que por sonreír no traicionan, sino que harían alegre al que se fue sin ellos. Gente que cae en la desesperanza por haber perdido el trabajo que daba de comer a sus hijos, seres que se encuentran aterrados ante una enfermedad. Son todos ellos, me preocupan, porque sí se supieron dueños de su alegría una vez, sí supieron sacarla todo su jugo, que hasta la última gota que les resbalaba por la barbilla la recogieron con la lengua. Si ellos supieron usar su derecho son aún más conscientes de la tragedia que es no sonreír. Y somos los demás quienes debemos recordarles sus derechos, redibujar en su memoria que los tiempos del pasado no volverán, pero que aún quedan momentos que merecerán la pena vivir. Tal vez en un futuro, seamos nosotros quienes estemos en su lugar (toquemos madera para que no se así), pero si así fuera me gustaría que alguien nos recordara que aún podemos vivir con entusiasmo.

 

Por estos seres que vivieron al máximo y no les queda ya ilusión hoy reivindico, que pase lo que pase, venga lo que venga, todos tenemos el derecho a la alegría.

 

Contacto

Correo electrónico:

info@revistacheshire.com

Revista Cheshire en redes sociales: