Echar de menos

 

Me creía fuerte. Yo pensaba que no echaba de menos a nadie, que por mucho que la quisiera era capaz de prescindir de cualquier persona. Yo me creía fuerte, pero en verdad era un poco gilipollas.

 

 

No echar de menos no nos hace más fuertes, ni siquiera más independientes. No extrañar a alguien no nos hace estar por encima del bien, ni mucho menos del mal, tampoco nos hace más felices, ni más exitosos, ni nos sitúa en el pedestal de los intocables, ni nos da de comer y, aunque tal vez nos deje dormir más, no nos devuelve horas de descanso. Porque echar de menos más que una muestra de dependencia o de arraigo, es una muestra de amor. Porque cuando se echa de menos de verdad, con pasión e incluso con ferocidad, el alma se resquebraja y nos encontramos como salvajes buscando con furia los recuerdos entre los escombros de los días pasados. Porque sabes que no volverán y porque antes ya sabías que querías a rabiar a la persona que se marchó para siempre, pero hasta que no se fue, hasta que no lo echaste tanto de menos que los buenos momentos te golpearon el pecho con la furia de un púgil despiadado y te hicieron caer al suelo, hasta ese momento no eras consciente de que amar va mucho más allá de lo que nosotros nos creíamos que era amar.

 

 

Era gilipollas, sí, ya lo sé, y no por vanagloriarme de no extrañar, sino por además creérmelo. Y aquí me tenéis, tendida en el suelo, ahogada por los puños de acero de la ausencia que no me quieren dejar levantar. Pero, ¿sabéis qué?, que yo me agarro a los recuerdos,a  las cuerdas del cuadrilátero, y me pongo en pie, porque sé que si el dolor es tan fuerte, si echo tanto de menos es solo porque he querido, y porque seguiré queriendo mucho más allá de lo que mi corazón había sido preparado para amar.

 

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